Gumersindo

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No hay derecho, ningún derecho, repetía murmurando Gumersindo con la cabeza baja, mientras esperaba la aparición del demonio.
El encuentro había sido arreglado por Tita, la curandera. La decisión la había tomado él, luego de días y días de análisis.
Y lo que Gumersindo entendía como una falta de derecho, era el estado en que uno iba acercándose a la muerte. Ese lento vencimiento, parte a parte, de lo que hasta el último día, vendría siendo nuestro embalaje.
Él creía que era algo sádico, perverso, y estaba enojado con el mismísimo creador por lo que entendía, era algo poco digno de un dios.
Caminaba debajo de la higuera, arrastrando los pies, subiendo y bajando el índice como quién da una reprimenda. Cada tanto se paraba para mirar de reojo arriba, con la esperanza de que Él lo escuchase, y accediera a su pedido antes que Lucifer.
– ¿Es que acaso no basta con saber que terminamos? ¿Qué no somos perennes? ¿No basta con entender casi desde el comienzo, que esto tiene un fin? ¿No es suficiente con morir que además debemos hacerlo en partes? – renegaba casi en silencio.
Durante un tiempo, había intentado encontrarse cara a cara con dios, para plantearle sus quejas. Pero sabido es que el señor no atiende personalmente, y esto a Gumersindo, le pareció un acto más de pocos modales. Fue ahí que se decidió por la competencia.
Así fue que buscó a la Tita, quien luego de varios ruegos, cuatro pollos y un cabrito, accedió a hacer lo que le pedían.
Armó el encuentro debajo de la vieja higuera, camino a la mina. Allí debía esperar Gumersindo a que el mismísimo apareciera.
Satanás llegó como al descuido, saliendo de entre las raíces mismas de la higuera, y contrariamente a lo que había imaginado Gumersindo, no tenía ni cola de dragón, ni cuernos, ni fuego en derredor suyo. Un triste sobretodo negro, como el de Borelo, el borracho de la plaza, era su única vestimenta.
Gumersindo casi se persigna, pero rápido como era, entendió que aquello podía tomarse como una descortesía por parte del maligno, que en apariencia, y más allá de su maldad, parecía tener ciertos modales.
Después de los saludos obligados, comenzó con la explicación de lo que proponía.
– Mire don, yo no me ando con vueltas. Le vendo mi alma.
– ¿Y quién te dijo que a mí me interesa tu alma?
– La Tita. Ella dice que usted siempre anda en la compra de eso, y bueno, la mía está en venta.
– ¿Y qué puede valer tu alma?
– Poco, es cierto. Pero un alma es un alma, y la mía está acá, lista.
Gumersindo no se amilanaba, e hilvanaba despacio su oferta, intentando despertar la avidez del maligno.
– No le pido mucho, más bien, creo que poco.
– Poco será lo que vale entonces.
– No. Poco es lo que exijo.
Se miraron. Ambos clavaron sus ojos, sabiendo que había llegado el fin de los discursos.
– Mire, es fácil. No quiero ir venciendo por partes. No quiero que mi cuerpo vaya cayéndose de a jirones, año a año. En eso, creo que el buen Dios, y no lo tome a mal pero bueno, para mí es así, se equivocó. Quiero llegar a mi último día, entero. De una pieza. Quiero llegar sin machucones de viejo, ni problemas.
– ¿Y entonces?
– Y entonces le doy mi alma. Le doy mi alma para que haga con ella lo que quiera, con tal de llegar al último día de mi vida, entero, sin partes que no andan, o andan a medias. Lléveme sin machucones, y mi alma será suya.
– Concedido – dijo el demonio. Y al instante, Gumersindo cayó desplomado, sin poder negociar ya nada.
Era sabido, que cuanto antes uno se fuera, más posibilidades de irse como vino.

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