A plantar el repollo

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Decidimos buscar un hijo.
Planificamos sacar DIU en Diciembre.

 

Llegamos al deseo de un hijo, con las valijas cargadas de fábulas, o más bien de mentiras, dado que las fábulas enseñan y las mentiras duelen, y lastiman.

Como consecuencia del sexo, se dan los embarazos. Y ya sé, no pretendo decirte nada nuevo, aunque a veces cuesta tenerlo en cuenta. Pero también, como consecuencia de lo tabú que es el sexo, se agiganta el tabú del embarazo. Porque algo es tabú tanto cuando no se habla, como cuando se dice solo una cosa, el «discurso oficial».

Sólo se habla de los embarazos, cuando dan hijos. Es más, la idea sola del embarazo nos da como resultado la de un hijo, y hasta por oposición al tabú que despierta, la idea de una relación sexual nos da un embarazo. Claro que no todas.

Porque fiel a ese tabú, las relaciones sexuales que prometen a la vista de todos un hijo, son las que se dan entre parejas que conviven. Si bien se teme que la nena «se venga con el regalito», no son pocos los que creen que con ignorar las relaciones de esta «nena», o «del nene», las posibilidades disminuyen (y en esto habría que agregar las posibilidades de todo tipo de cosas desprendidas de una relación sexual, sean nacimientos, enfermedades, buenos o malos momentos).

Pero basta que una pareja se case, o decidan vivir juntos, para que todos comiencen con el bendito rosario: «Y para cuando un hijito», adaptándolo cada uno, y de acuerdo a su necesidad, modificándolo en «nietito», «sobrinito», «primito», etc.

Es así que todos esos pedidos, esas caras que «reclaman amablemente», caen como plomo sobre la nueva pareja, que, aún teniendo los oídos entrenados para escuchar tan solo lo que quieren, deberá soportar todo tipo de presiones, a veces camuflageadas en sonrisas, otras, directas como sablazos, poseedoras de «legítimos derechos.»

No sólo no tendrán en cuenta los tiempos de la pareja, sino que además, no se tomarán el trabajo de indagar sobre el deseo real que tienen de tener un hijo, ya que eso se da, y como corolario del tabú, como por añadidura. Ninguna pareja que se precie, puede no querer un hijo, y sobre todo, ninguna mujer puede no desear ser madre. Es criada, alentada y empujada a la maternidad, maternidad que para ejercerla, le exigirá todo. Todo lo que difícilmente pueda dar, si no es propio el deseo.

Todo esto, nos empuja a creer, sobre todo cuando fuimos criados bajo esos preceptos, que una vez juntos, cualquier respiro puede producir hijos.

Y si, convengamos que en algunos casos es así. Hay gente que parece embarazarse con tan solo mirarse, y además, sus embarazos parecieran generar «bulones», robustos, sanos, y sin ninguna complicación, tanto en la gestación como en el nacimiento.

¡Benditos sean ellos! Pero precisamente, queremos hablar de cuando no es así, ni mucho menos.

Como hijos de familias italianas, fértiles y pródigas en hijos, en mesas largas, nos creíamos con las más absoluta de las certezas respecto de nuestra posibilidad de procrear. Jamás se nos cruzó por la cabeza ningún tipo de dificultades, y eran tantas las ganas y la seguridad, que yo podía imaginármelo corriendo por el pasillo de mi casa, mucho antes de empezar a buscarlo.

Desde que nos casamos, el 7 de febrero de 1992, yo quería ser padre, (aunque pensándolo mejor, el deseo venía conmigo desde mucho antes). Ya en la luna de miel nos embromábamos con unos amigos, hablando sobre los hijos. Pero Silvana siempre fue más tranquila, más de tomarse su tiempo, y prefería esperar. Por más que intenté todo tipo de ardides, no logré nada hasta noviembre de ese año.

Por cierto, Silvana tenía puesto un DIU, y entonces, mis ardides sólo apuntaban a tomar la decisión de retirarlo, ya que sumado a nuestra seguridad, el DIU no hacía otra cosa que decirnos, según nosotros, que nuestra paternidad se basaba en el hecho de retirarlo.

Como sea, en ningún momento vivimos atrasos no deseados, o sorpresas de tipo pañal, aunque mi insistencia nos hizo creer hasta en esa posibilidad.

Fue así que para fines de Noviembre del 92, y estando tomando sol en el patio, comencé a acercarle la idea a Sil, por vigésima vez, y casi como jugando, de la misma manera que le había propuesto formar una pareja. Entre sonrisas, arrumacos, fui susurrándole mis ganas, mi «ya es tiempo», mi deseo.

Como en aquella oportunidad, tuve suerte, y cuando ella acepto quitarse el DIU, yo ya era capaz de oler la caca de los pañales.

No lo podía creer.

Me temblaban las piernas, hablaba nervioso, y repetía casi de constante «¡¿Vamos a tener un hijo?!. Abrazaba a Silvana, y mientras jugaba con los «Te lo imaginás corriendo por el patio», calculábamos el momento justo en el que nos “convenía embarazarnos”, pensando en pegar la licencia de Sil, con las vacaciones, así ella podría estar seis meses con el bebe.

Como resultado quizás, de las presiones recibidas, imaginaba la cara de mi padre al recibir la noticia, o la reacción de mis amigos.

Sí. Así de grande era nuestra seguridad. Tan grande como para especular la fecha de nacimiento, imaginar que y cómo sería, y esperar la reacción de los demás cuando comunicáramos que estábamos esperando un hijo (única posibilidad tenida en cuenta)

Y más allá de nuestras particularidades, que se podrán leer a lo largo de estas páginas (y a las que no esquivo, porque creo que tienen algo que ver en todo esto), el sentimiento de la inmediatez de un embarazo, creo, como dije, que es algo común en muchos.

Y sí, por ahí podría decirse que es lógico que si alguien empieza a buscar algo, sueñe con encontrarlo, pero creo que en el caso de un embarazo, vale la pena intentar una discriminación.

Buscar un hijo, no es buscar cualquier cosa.

Desde el deseo, es absolutamente distinto a todo.

Porque cuando uno busca un hijo, no busca algo que uno pueda lograr con tan solo proponérselo.

La vida, por suerte, no es algo que podamos manejar.

Buscar un hijo, no es adquirir un bien, conseguir pareja, o lograr una superación personal. No involucra solamente cosas vivas, sino precisamente, cosas por crearse, por nacer.

No basta con nuestro empuje, nuestras ganas, ni siquiera con nuestro deseo, aunque sea lo único a lo que podemos aferrarnos en los malos momentos (Obviamente, esto lo aprendí con el correr del tiempo, ya que en ese momento, creía de verdad que el deseo todo lo podía, por sí solo).

Es verdad, en estos momentos en los que escribo con mi hija al lado, y leo todas las ganas que volcaba en las páginas escritas por aquellos días, me doy cuenta que mi deseo fue el motor, la gran energía que me ayudo a buscar una salida, a intentar mil soluciones.

Pero sé que muchas veces no alcanza, sé que en muchos casos, todo lo que uno pone, no nos da un hijo.

Y porque la vida es inmanejable, indomable, porque ni siquiera la vida de uno es elegida por uno, o por lo menos no lo recordamos, es que me parece tan importante partir de la base del milagro.

La vida es un milagro, desde el comienzo. Un milagro que a algunos les toca vivir, y a todos de distinta manera. Un milagro que como hombres y mujeres, repitiéndose, nos convierte en padres.

A veces.

Y si bien no se puede buscar algo pensando en no encontrarlo, creo que si algo cambió con cada embarazo nuestro, es la ansiedad. La carga que le poníamos. Creo que nos fuimos dando cuenta, de que había cosas que estaban en manos de la vida, otras en las nuestras, y otras, en las circunstancias que a uno le toca vivir, que aunque revertibles, a veces, necesitan de un tiempo que a uno le cuesta mucho transcurrir.

En nuestro caso, desde el vamos, nos encontramos con cosas que no habíamos pensado.

 

Diciembre de 1992:

Sil se queda sin trabajo y perdemos obra social.

 

Apenas tomamos la decisión de retirar el DIU, Sil pierde el trabajo, con lo que, además, se queda sin obra social, lo que nos impedía comenzar la búsqueda.

Conociendo la realidad hospitalaria (tema que daría para mil libros) teníamos, además, la premonitoria necesidad de una cobertura mejor. Por otro lado, no queríamos que la decisión de tener un hijo estuviera supeditada a los vaivenes laborales, o que la necesidad de una cobertura, nos impida una buena elección en materia laboral. Por ambas realidades, decidimos hacernos socio de una pre-paga (mil libros más).

Creyendo que nuestras únicas necesidades serían las más comunes (algunas visitas médicas, ecografías, parto) nos decidimos por una que prometía bastante, sin tener un precio demasiado elevado. Según decía, era una verdadera MASA, aunque con las letras en otro orden.

Todo esto, postergó otro poco, el momento de retirar el DIU, porque teníamos que esperar, el lapso necesario para tener la cobertura por parto.

Se pasó diciembre, con la idea cercana de un hijo, con el deseo acelerado, con la primer bronca, la de posponer algo tan importante para uno, por las realidades de trabajo, o la histeria de un patrón.

Pero estábamos contentos, embebidos de la decisión tomada, contando los días, calculando el momento justo para comenzar la búsqueda, el “viaje de ida” que es un hijo.

Fue un tiempo de reposo, de cargar las pilas, en el que pensaba y escribía, la maravillosa sensación que me provocaba la búsqueda de lo deseado, aunque en ese momento, era más bien la idea de ya estarlo logrando.

Estaba en el aire.

Estaba soñando.

Ansiosos, nos fuimos de vacaciones a Mar del plata, y al cumplirse el tiempo justo para entrar en la cobertura, (calculando la primer fecha posible de parto), fuimos a una clínica y Sil se sacó el DIU, el 17 de enero del 93.

Ahora sí, nada podría pararnos, estabamos listos, preparados, con las manos cargadas de deseo, y el camino libre.

Soñamos otro poco, abrazados, mirando el mar, disfrutando de esos pequeños momentos en los que la vida parece ponerse de nuestro lado.

¡No lo podíamos creer!

¡Estábamos a punto de ser padres!…..

 

 

Son suspiros

Enero de 1992

 
Son suspiros mis formas y las tuyas.

Suspiros de la vida,

caminando en cualquier parte.

Dos rollitos de caminos que se trenzan,

y se mezclan,

sin ahogarse.

Y mis pasos se hacen ecos de tus pasos,

y los tuyos me acompañan.

Y la fuerza de tus ojos me ilumina,

energía que da ganas.

Somos hojas que se juntan en el aire,

y que juntas forman alas.

Y las alas muy de a poco cobran vuelo.

Sin tus alas no soy nada.

Somos sueños que se juntan e ilusionan,

se esperanzan,

se comparten.

Somos islas que se unieron,

puente fijo.

Emociones sin palabras,

mundo aparte.

 

Un suspiro,

muy chiquito,

quiero tengas.

Un suspiro que nos nutra,

y acompañe.

Un suspiro que es tu sueño,

y es el mío.

Un suspiro,

nuevo mundo,

nos invade
 

 

Sobre este pilar

Enero de 1993

 

Sobre este pilar,

quizás algún día,

sentaré a mi hijo.

Le contare un cuento,

le mostraré la plaza,

empezaremos juntos a recorrer la vida.

 

Sobre este pilar,

quizás algún día,

vendrá mi hijo con su primer compañía.

Se tocaran las manos,

se contarán secretos,

y muy de a poco al amor

irán descubriendo.

 

Sobre este pilar,

quizás algún día,

traerá mi hijo a los suyos.

Los veremos jugar,

correr, divertirse,

e iremos comprendiendo

que va llegando el tiempo de irse.

 

Sobre este pilar,

quizás algún día,

se apoye mi hijo.

Suspire en silencio,

buscando más fuerzas.

Recuerde las cosas,

recuerde los cuentos,

y se muerda las manos

despidiendo al viejo.

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