El brotecito, no creció…

Tapas-Algun-dia

 

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29-8-94

No se muy bien que escribir, pero como empujado por un oficio que todavía no ejerzo, me parece imposible dejar de escribir este momento.

Como para que quede grabado, y que con los años no se me olviden las cosas por las que tuve que pasar, o en este caso, por las que tuvimos que pasar Silvana y yo.

Hoy es lunes 29 de agosto de 1994. El jueves pasado, el 25 de agosto, Silvana se hizo el Evatest y como resultado, nos enteramos que está embarazada.

Es casi increíble, y de hecho, lo primero que hice fue negarlo. Se hizo un test a la mañana, y como no salió claro, compramos otra marca y lo repetimos a la noche. Miré las tiras más de veinte veces, y todavía ahora, siento ganas de revisar las tiras y ver si es verdad. Hoy a la mañana, cuando salía para el colegio, le puse una carta a Sil contándole que soñé toda la noche con el embarazo, y al despertarme, pensé si no sería todo un sueño.

Como digo, no se que pensar. Estoy como duro, muy emocionado, muy feliz, pero casi sin poder articular palabra

Tomamos la decisión en Noviembre del 92, se sacó el DIU en enero del 93, y desde ahí hasta acá, fueron unas cuantas broncas y algunas «fes», como para poder seguir. Hace tres meses empezamos a tratarnos, y hace dos descubrieron que tenía los espermas bajos, comencé un tratamiento con pastillas y al mes y medio, quedó embarazada. Llama la atención que también en esa época me hice el análisis del HIV y me dio negativo. Calculando las fechas con Silvana, ella quedo después de ese resultado. Como sea, con un poco de ciencia y otro de duendes, Joaquín se viene encima.

Joaquín o Ayelen, o como sea.

Pero se viene el hijo,

y es hermoso,

y no puedo decir más.

2-9-94

Sigo igual.

Con muchísimos nervios que amontonan algunas dudas.

Venía bárbaro pero cuando ayer fuimos al médico y nos mandó el análisis de sangre, me puse como loco. Encima el médico que nos atiende no estaba y nos tocó un suplente que era medio boludo o que por lo menos no cubrió nuestras expectativas.

Pero creo que lo más duro fue contárselos a mis viejos, no sé por qué todavía. Estuve super nervioso, me siento extraño.

No sé, por ahí me tendría que conectar más con el deseo de mi hijo y dejar de pensar en contarlo, o en qué pensarán los demás. No quiero desperdiciar este momento, quiero disfrutarlo, vivirlo con toda el alma. Pero, quizás, las dudas y los miedos también sean normales, y yo exagere lo extraño que según yo tiene todo eso.

O sea, que también creo que es lógico estar nervioso, y que esto no tiene nada que ver con sentir que es verdad el embarazo o no. En realidad tendrá que ver con los nervios, nada más que con los nervios. De contarlo, de la emoción que significa que sea verdad, que dentro de un tiempo voy a ser padre. Son muchos nervios de por sí solos, como para buscarle otras cosas. Quizás tenga que detenerme a sentir mis nervios.

Y bue, como sea, es hermoso.

Gieco que escuchaba una y otra vez, sintiéndome parte de esa locomotora, capaz de superar los problemas vividos, las angustias.

“Y me detengo cerca o lejos/ en el lugar donde quiero”, y yo elegía detenerme en esos días tan buscados, tan desesperadamente anhelados.

Era un momento muy particular de mi vida, en donde se acomodaban algunas cosas pendientes.

Y si bien creo que es absolutamente legítimo disfrutar un logro, intentando en este libro hablar del dolor, de las cosas que a uno le cuestan en momentos tan difíciles, creo que si vivía ese momento como una recompensa, es que viví la espera como un castigo. Se jugaba en mi la idea de que la búsqueda prolongada, era una suerte de castigo por cosas hechas, por decisiones mal tomadas. Una espera que incluso, quizás necesitó de un análisis que habilite la búsqueda. Una espera que había provocado un gran dolor, y que ahora intentaba olvidar, deseando que toda la angustia pasada se borre, resumiéndola en dos renglones: “algunas broncas y unas cuantas fes”….

¿Fueron nada más que algunas broncas?…

Creo que es muy difícil atravesar esa espera, y que uno apela a veces a recursos más que, dolorosos en pos de una explicación, que vendría supuestamente a calmarnos. La cruda verdad, es que a veces, más allá de las explicaciones médicas, no hay otro tipo de respuesta para ese tipo de preguntas, ¿por qué a mi?4.

(4Yo ya había tenido un acercamiento a esa calles sin salidas, cuando en enero del 91, fallece mi hermano Andrés, de 17 años, víctima de un aneurisma. ¿Por que a él?, fue la pregunta que no encontró, ni encontrará respuesta.)

Pero ese por qué, había encontrado una especie de respuesta en el embarazo logrado. Una respuesta que me traía una sensación de perdón. Ahora podía hablar con otros de eso que había buscado tanto. Ahora era uno más, que estaba del lado que quería estar.

Mi hijo venía, y venía en el momento que creía más oportuno.

Y era tal la ansiedad que me generaba, que estaba absolutamente inmóvil, pensando casi exclusivamente en contarlo, un poco por compartirlo, y otro tanto, por contestar esa pregunta que lacerante, por la imposibilidad de la respuesta, me habían repetido muchas veces, casi todos.

-¿Y, para cuando?.

El para cuando era ahora, y yo, tenía una agigantada desesperación por gritarlo.

 

2-9-94
Comienzan perdidas marrones.
No estaba el médico y decidimos esperar.

 

Tan entusiasmado estaba, que insistimos en contarlo, aún habiendo aparecido las primeras pérdidas. Como manchitas marrones, se le aparecieron en los paños íntimos a Sil, y al no estar el ginecólogo, decidimos esperar, confiando en que no era nada.

¿Confiando en que no era nada?

Creo que no queríamos ver.

El embarazo estaba muy cargado, cargado de todo. Y aunque así como no puedo adjudicar su concreción, únicamente al hecho de realizarme un análisis (el del HIV), pero tampoco puedo ignorarlo, no puedo dejar de lado la carga con la que comenzábamos a vivir ese embarazo.

Nos costaba creerlo, y eso sería lo lógico. Pero pese a ese costo, pese incluso a esas pérdidas, seguíamos como enceguecidos, cumpliendo los pasos que siempre habíamos imaginado. Contarlo a los padres, a los amigos, a la gente del trabajo.

Así comenzamos a hacerlo, con la estúpida creencia de que si lo habíamos deseado, y se había logrado, si deseábamos que todo vaya bien, iría bien.

En cenas armadas, en las que pensábamos hasta el momento de decirlo, fuimos cubriendo con las comunicaciones deseadas, a costa incluso de sentir, quizás en un dejo de cordura, una angustia grande cada vez que lo hacíamos. El temor de que algo pasara estaba muy latente, pero así y todo, no le hacíamos caso a las pérdidas.

Estábamos muy cargados, y a costa de repetirme, no quiero dejar la sensación de una creencia equivocada. No creo que lo que pasó con ese embarazo haya sido causa directa de la ansiedad, o por no darle importancia a las pérdidas, pero creo que todo eso, nos trababa, dificultaba la visión que teníamos tanto de nosotros, como del embarazo mismo. De su principio y de su final.

Si algo tiene la poesía, es que a veces, se adelanta a uno mismo.

 

4-9-94 (01-40hs)

 

¿Sabés?

Pensaba que era tanta

la felicidad que siento

por la venida de mi hijo,

que no sabía a quién contárselo.

Se lo conté a mis viejos,

a mis amigos.

 

Se lo dije a mis familiares,

a los conocidos.

Pero sentía todavía

que me quedaba alguien

a quien contarle.

Y fue ahí,

que apareció mi cara

en un espejo.

 

Me faltaba decírmelo a mi.

 

Al que más le cuesta creerlo,

el que más se asombra,

al que le parece casi imposible,

es a mi.

Pero voy a decírmelo

las veces que haga falta.

Voy a ser padre.

Voy a tener un hijo.

Silvana va a parir

un ser que creó conmigo.

Y una carita chiquita

me mostrará nuevos caminos.

Voy a ser papá.

Se viene mi hijo.

Está creciendo dentro

del ser que más amo,

y es producto de ese amor,

de esas ganas de buscarlo.

Voy a ser papá.

El hijo mío está llegando.

 

 

 

8-9-94
Se repiten pérdidas, ahora con sangre.
Consultamos médico de guardia, receta Progesterona y reposo.

 

El viernes 9, llegué del trabajo cargado de regalos.

Se festejaba el día del maestro, y yo venía lleno de ganas, del amor de los chicos, y con la idea de mi chico, cada vez más cerca. Al llegar a la pieza, cuando apoyaba los paquetes sobre la cama y me movía con la costumbre de todos los días, vi algo extraño que sólo identifiqué, después de algunos segundos.

Totalmente tapada por las sábanas y frazadas, todavía llorando, estaba Sil, casi destruida.

Sentí tanto pánico, tanto temor, tanta desolación, como nunca.

La abracé, y entre más lágrimas, me contó que seguían las pérdidas, pero que ahora eran directamente de sangre. No sabíamos que hacer, intenté tranquilizarla, decirle que según sabíamos a veces se daban, y que no eran nada. Saqué de donde no tenía algo de ánimo, y de a poco se fue tranquilizando. Ella tenía que ir al colegio a la tarde, para festejar su día, y no había ido por las pérdidas. Así que después de recuperar algo la calma, y maldiciendo una y mil veces, llamé a la clínica donde atendía el médico de Sil, buscando a otro para consultarlo. Nos dijo que nos tranquilizáramos, que a veces pasa. Nos recetó progesterona y reposo absoluto, y que apenas llegue nuestro médico, asistamos a una consulta.

Las pérdidas continuaron todo el sábado, y a la noche, mientras comíamos con mis primos, yo continuaba con el alma cargada de dudas, pero sin poder hacerle lugar a lo que estaba pasando. Continuábamos brindando y festejando, pero cada vez que se paraba Sil para ir al baño, al volver le preguntaba: “-¿Siguen?”. “Si”, era la respuesta que recibía inefablemente.

No nos animamos a contar ni a preguntar nada sobre las pérdidas esa noche, ni al día siguiente, esperanzados en que al ir a la consulta el lunes, nuestro médico nos tranquilizara.

Mientras tanto, las primeras palabras se asomaban, quizás, como una desesperada búsqueda de una tranquilidad, que parecía escaparse de entre los dedos, como el agua.

 

10-9-94 (13.50hs)

 

Si para mí la vida siempre estuvo

cargada de milagros,

imaginate ahora que estás por venir.

 

Si la aurora era una fiesta

que me invitaba a compartirla,

imaginate ahora,

que trato de adivinar tus ojitos,

y tus manos,

cuando se que estás creciendo.

 

Si las madrugadas me sorprendían volando,

tratando de darle palabras a emociones,

imaginate ahora,

que trato de imaginar tu rostro,

y me veo mirándolo, y volando.

 

Si para mí las historias

merecen ser vividas,

y las he contado muchas veces

buscando las vivan,

imaginate ahora

que me imagino contándotelas,

con tus ojos preguntándome como sigue,

como termina.

 

Si para mí la vida

siempre fue un ir buscando,

un camino, un gran deseo,

imaginate ahora,

que encontré el amor,

y que de vivirlo,

esperándote me encuentro.

 

10-9-94 (14 07hs)

 

Tengo ganas de tenerte

y no me apuro.

Quiero disfrutar las ganas

que de tenerte, tengo.

 

Y es que siempre fui corriendo,

 

casi sin sentir los pasos,

sin tocar el camino,

casi siempre escapando.

 

Pero ahora,

es tan fuerte lo que siento al esperarte,

al saberte,

al sentirte,

que no tengo ganas de apurarme.

 

Tengo nueve meses,

y a modo de embarazo,

quiero disfrutar a mi manera,

el ver como dentro mío,

vas creciendo.

 

 

¿Cómo explicar con palabras lo que vivimos ese día? ¿Cómo, intentando hablar del dolor, poder transmitirlo sin exageraciones, tal cuál fue?

Asistimos más que cargados de todo a la consulta, y un nudo (que a partir de ahí se repetiría en cada análisis, cada estudio, durante cada embarazo) se me instaló en el estómago, sin aflojar un segundo.

Intentaba con todas mis fuerzas, pensar en que estaba todo bien, que no era nada, pero eso ayudaba en poco, a dominar el terror que sentía, de que no fuera así.

Era una ecografía transvaginal, con lo que, según el ecógrafo, se veía todo mejor que en la tradicional.

Al colocar el aparato en la vagina de Sil, y empezar a buscar, mis ojos se desesperaban en el monitor, intentando, neófito todavía en la materia, traducir esas manchas en algo que se pareciera a un embrión. Comencé a ver algo así como una mancha negra, y contuve el aliento esperando que el médico dijera que estaba ahí.

Pero el médico guardaba silencio.

Un pesadísimo silencio.

Movía el aparato despacio, revisando una y otra vez lo que a mis ojos se representaba como un agujero negro, vacío, desolado.

De pronto aparece como un puntito, colgado de una de las paredes de ese agujero, y el médico insiste en su observación, intentando descubrir, quizás con las mismas ganas que nosotros, algo que no encontraba.

– Me temo que no tengo buenas noticias, nena….

Mi corazón se detuvo.

-¿No? – preguntó Sil, mirando medio de costado.

– No veo el embrión.

¿Cómo? ¿Estaba vacío?

– Acá hay algo, este puntito, pero no tiene actividad cardíaca. Puede ser que todavía sea muy chico, pero….

No lo podía creer…

No podía ser verdad…

Después de tanto, de tanta búsqueda, de tanto dolor…

Después de todo lo vivido…

Después de haber luchado contra los miedos, las angustias, las falsas alarmas…

¿Encima esto? ¿No sería demasiado?…

– Mirá, hay que esperar, por ahí es muy chiquito. Yo recomiendo repetir en diez días, y realizar dosage de Sub-unidad beta.

Salimos a la sala de espera destrozados. Sil lloraba entre mis brazos, esquivando las miradas de otras futuras mamás, algunas con enormes panzas, que seguramente no sabían dónde ubicarse, que decirnos.

Yo medio aguantaba, mordiéndome los labios para no aflojar, y acariciando a Sil, comprendiendo y compartiendo su dolor, su angustia, su drama.

El médico nos trajo el análisis, con su evaluación, y salimos a la calle, en la más lejana de las tardes vividas, la más sola. Aunque el consultorio quedaba sobre una avenida, tenía la sensación de que no había nadie allí aquella tarde, no había nada.

Subí al auto, que me había traído soñando un “no es nada”, y al cerrar la puerta, me desmoroné.

Abracé a Silvana con toda mi alma, y lloré como nunca había llorado, a viva voz, a los gritos, a toda agua.

No podía contener mi bronca.

Las imágenes se me cruzaban.

Las frases alentadoras, las nefastas, las ganas de revertir lo que parecía imposible, la fe, la mala leche. Yo lloraba y repetía “- No puede ser,… no puede ser… ¿Por qué…? ¿Cómo no hay nada…? ¿No hay nada…? No puede ser”……

Nos quedamos en aquel lugar, dentro del auto, llorando a mares, un buen rato.

Después, manejé hasta casa casi de memoria. Dejé a Sil, y fui a devolverle el auto a mi viejo. Al llegar a casa, mi mamá me dio un regalo “para el nenito”, y yo aguanté, como pude.

Me trajo mi viejo, y cuando por fin me encontré con Sil, me metí en la cama, dispuesto a acompañarla en su reposo.

Continuamos llorando, con un dolor en el pecho que me oprimía, desgarrándome, destrozando todo lo que había estado imaginando por aquellos días.

Pavorosamente lastimado, comenzaba a maldecir mi suerte, y a desear otros días.

 

15-9-94
Análisis de Sub-unidad Beta, cuantitativa: 27830 mui/ml

 

15-9-94

Y sigue siendo hermoso el deseo que siento de tener un hijo, pero parece que con el deseo solo no alcanza. Silvana tuvo algunas perdidas el 2 de setiembre. Como eran marrones y el médico no estaba, decidimos tranquilizarnos y esperar a que vuelva. Pero el 8, 9 y 10 se repitieron. Cuando llegué el viernes 9 del colegio, Sil estaba acostada llorando. Había tenido perdidas de sangre. Llamamos a un médico de la clínica y nos ordeno reposo, a Silvana (pero yo me acosté al lado), y tomar progesterona. El lunes 12 fuimos al médico y nos dijo que estuviéramos tranquilos que era normal en el 30% de las embarazadas. Nos mandó una ecografía, y el martes 13 la hicimos. Esos minutos que duro el examen, el deseo de ver a mi hijo, el silencio, y las palabras del médico «no se ve el embrión», creo que no me las voy a olvidar jamás. Esa imagen de la bolsa vacía, creo que es lo más parecido a la nada que pude sentir jamás. Como sea, tenemos que esperar una semana por lo menos, para ver si los análisis hormonales marcan que el embarazo sigue o que se interrumpió. Si bien me doy cuenta, que aunque las posibilidades son iguales yo siento más que se interrumpió por lo mucho que me costaba creer este embarazo, la realidad de que a esta altura el embrión debería tener 8 milímetros, y no se ve nada, es más fuerte que todo análisis.

No se ve nada.

Pero se siente.

Y sentí muy feo, muy solo, mucha bronca, mucha injusticia, mucho dolor. Solo se que el deseo de mi Joaquín sigue, y si no es esta, será la próxima.

Pero no me engaño.

Esta duele.

15-9-94

 

No sé.

No sé que decir.

Tengo que esperar.

Parece,

todavía no podés venir.

 

 

Y me duele tanto como nunca.

Y mi cabeza estalla y no entiende.

Y mis ojos se inundan de emociones,

y el aire duele.

 

Y me rehuso a no sentirte.

¡Te tenía tan cerca!

Y me rehuso a dejar de soñarte,

si no es esta,

¡La próxima es la vencida!

 

 

 

 

Con palabras que auguraban, otra vez, algo que no me animaba ni a pensar.

Con un análisis que según el médico, no denotaba un embarazo detenido por sí solo (había que esperar otro para comparar), empezamos la más espantosa de las esperas.

Debía repetir el dosage de Sub-unidad beta cada cuatro días, repetir la eco cada semana, e ir constatando si los resultados se cotejaban con lo que era de esperarse.

Pasábamos las noches en vela, con los ojos redondos como huevos, despiertos hasta tarde, en una lenta agonía, que se apoyaba en la esperanza, cuando intentábamos ilusionarnos. Que se llenaba de dolor, cuando recordábamos la eco, el vacío, las palabras del doctor.

Nos quedábamos mirando el techo, abrazados, sin decirnos nada. No nos animábamos a ilusionarnos mutuamente, pero tampoco teníamos interés en quitarnos la poca esperanza. De todas las cosas que nunca esperamos respecto de los embarazos, esta era la más fuerte. Si no habíamos podido imaginar una dificultad en la concepción, ¿Cómo recibir esto? ¿Cómo entender o aceptar, que además de haber esperado un buen tiempo, ahora, lo que habíamos logrado no era lo que queríamos?

Estábamos mal, casi deshechos, intentando con el poco aliento que nos quedaba, no dar todo por terminado.

 

19-9-94
Repite análisis de Sub-unidad Beta: 31580 mui/ml

 

 

Cuando me pasaron el resultado por teléfono, mi corazón tembló. Habían subido, y sin saber cuanto era lo que había de esperarse, la diferencia me representaba una posibilidad que intentaba ver como gigantesca.
Llamé al doctor inmediatamente. Y cuando después de escuchar los valores, empezó a balbucear una explicación, tardé en comprender, que lo que él me decía que parecía que “era así nomás”, no era el embarazo, sino la posibilidad de que fuera anembrionado. No habían subido lo suficiente, y repetí varias veces un “-A, ¿si?..”, como incrédulo. Según me decía, en cuatro días los valores tenían que duplicarse o triplicarse, lo que a las claras no había sucedido. No obstante, el aumento, aunque leve, no dejaba confirmar con absoluta certeza, que no había embarazo o embrión. Así, que ordenó repetir, y esperar la próxima ecografía.
Nosotros continuábamos entre el cielo y el infierno, sin saber donde ubicarnos.
Los que empezaban a saberlo, a partir de venir a casa y ver a Sil en cama, empezaban a actuar sobre nosotros, según lo que decían. Comenzaban a repetirse las frases huecas o dolorosas, según quién lo dijera.
“Cuando me lo contaste tan embalado pensé, ojalá que no le pase nada, si no se va a hacer mierda”, me decía un amigo al comunicarle que el embarazo logrado, se dificultaba.
¿Cómo habría que contar algo que nos provoca alegría?
¿No podría haberse puesto contento conmigo, en vez de pensar que por ahí yo dejaba de estarlo?
¿Qué lleva a la gente a decir cosas tan nefastas?
¿Hay que medir la intensidad de la felicidad que uno siente cuando cuenta algo?
Era una espera mucho más dolorosa que la que habíamos tenido que soportar para lograr el embarazo, porque ya no estaba en juego la posibilidad de quedar o no, sino que ahora, se trataba de ver si había o no embrión, si más allá de la ilusión que parecía al fin ese embarazo, existía la vida.
Agregando dificultades a la espera, nos encontrábamos con que aunque el ginecólogo tenía un aparato de ecografías, la burocracia de nuestra pre-paga, no lo habilitaba para realizar ese tipo de estudios, con lo que teníamos que ir a otro médico, con la espera y las complejidades del caso: autorizar la orden, pedir turno al ecógrafo, pedir un nuevo turno al ginecólogo, autorizar otra orden…

En el medio de esa espera, comenzamos a descubrir que había algo que se agregaba a la angustia, y que lo fuimos sintiendo a lo largo de todo el camino. Nosotros, somos maestros.

Constantemente nos topamos con nenes, desde los 3 a los 13 años. Nos cruzamos con las panzas de las mamás miles de veces, con los nuevos hermanitos. Y tanto en la búsqueda, como en la dificultad, el ir al colegio, me representaba un lastre más. Tenía que dar clase a chicos, que más allá de todo lo que implica, eran hijos de alguien. Por aquellos días, todo el mundo me representaba un hijo, algo que no podía lograr. Cuando Sil quedó embarazada, comencé a mirarlos de otro modo.

¿Cómo sería el mío?

¿Se parecería al abanderado, o al que siempre retaba?

¿Cómo eran los Joaquines que conocía?

Cuando, después, las pérdidas anunciaban que quizás no había llegado el momento, volvía a cambiar la mirada que sostenía.

¿Porque yo no?

Si veía hijos que le causaban “demasiada molestia” a los padres, o que “la verdad que no lo esperábamos”, ¿Porque yo que lo quería con toda el alma, no podía?

Era difícil, era muy difícil.

No sabíamos que podíamos hacer, y tarde, comenzamos a sentir que en ese caso, era muy poco lo que estaba en nuestras manos. A lo mejor el poner “buena onda”, y que más tendría que ver con esperar lo mejor, sabiendo que lo peor puede darse, algo que de todos modos suena tan escaso y esquivo, cuando se habla de la vida y de la muerte,

 

 

 

22-9-94
Repetimos eco, con idéntico resultado.

23-9-94
Sub-unidad beta: 36300 mui/ml

 

 

Los nuevos análisis, empezaron a confirmar lo que no queríamos imaginar.

Aunque llegábamos con muchísimas esperanzas, intentando que lo que sentíamos pudiera cambiar el destino interrumpido de esa vida… Aunque aguantaba el aliento hasta lo último, repitiéndome más y más fuerte “ahí lo ve, ahora me dice que lo ve”, mientras desmembraba las imágenes en el monitor… Aunque contenía mis ganas de maldecir, e intentaba por todos los medios que un milagro modifique la poca confianza que le estaba empezando a tener a muchas cosas; después de nuevos y angustiosos momentos, de dolorosas esperas, los análisis empezaban a sugerir que se había detenido el embarazo. Crecían los valores, pero poquísimo. Crecía algo el embrión, pero casi nada, (En aquel momento me parecían que dos milímetros en siete días era mucho, cuando todavía no había vivido la explosión de células y medidas que se dan en un buen embarazo) y en ningún momento se había registrado actividad cardíaca.

El ecógrafo intentó sostener un poco el milagro, y nos dijo que si queríamos tener una ventanita abierta, chiquitita, la tengamos. Que a veces se dan crecimientos más lentos, que por ahí, que por acá…..

Pero ya se empezaba a sentir la pérdida, ya comenzábamos a preguntarnos por dónde seguir.

Y la palabra, la escritura, volvía a profetizar cosas no deseadas, y aunque intensamente rechazadas, ya sentidas.

 

 

 

24-9-94 (00-35hs)

 

Y pasó.

Como una ráfaga,

un tornado,

un segundo,

un orgasmo.

 

Y fue los sueños,

las esperanzas,

caminos nuevos,

cielos buscados.

 

Y duele tanto,

que no me atrevo ni a llorarlo.

 

Tené paciencia,

ahora estoy triste,

pero te voy a seguir buscando.

 

24-9-94 (01-12hs)

 

No tengo muchas ganas de mirarme.

No tengo muchas ganas de decirme.

No tengo muchas ganas de seguirme.

Tenía muchas ganas de esperarte.

Pero no había caso, ya era casi inevitable.
No crecía.
No se le encontraba actividad cardíaca ninguna.
Pero el médico insistía en no poder hacer nada más. Había que seguir otro poco, y otro más.
¿En verdad es ético, que ante tamañas pruebas, un médico prolongue la agonía de una pareja?

Después de lo que pude ir aprendiendo sobre los embarazos, ¿No sabía acaso el médico, que ese no tenía ninguna posibilidad?

¿Para qué seguía medicando?

¿Para qué obligaba a Silvana a permanecer en reposo, con esa carga, con esa angustia?

¿Por qué no se animó a otra cosa, aunque más no fuera, dejar de medicar?

En aquel momento no era mucho lo que podía pensar, pero creo sinceramente, que a veces, se deberían contemplar otro tipo de medidas, que ayuden a transitar esos momentos tan traumáticos para la vida futura de una persona, de una pareja, dejando de lado éticas hipócritas, que terminan a su vez dejando de lado a la sensibilidad humana.

Comenzaba a atravesar un duelo único, un duelo de un no-nacido.

Comenzaba a atravesar una de las épocas más difíciles de mi vida.

Mi palabra, por entonces, comenzaba a creer que quizás, mi destino se presentaba demasiado terrible.

 

2-10-94 (9-28hs)

Por más que me niegue, por más que me esfuerce, la tristeza me ha moldeado, y eso sea quizás algo inevitable, o por lo menos, algo que no podrá ser de otra manera, porque ya fue.
Ya me hice entre dolores agobiantes,
entre angustias grandilocuentes,
entre desánimos desbastadores.
Ya crecí esperando el milagro,
suplicando otro camino,
añorando mis sueños.
Y es entonces, que cuando el dolor golpea mi puerta, lo espera la palabra temprana, la frase certera y casi justa.
Porque he sufrido, ¡ay mi dios!, es que reconozco el sufrimiento con tanta celeridad, y para peor, cada nuevo sufrimiento no hace otra cosa que agrandar mi experiencia.

Y para peor, mi poesía se hace clara, cuando el dolor la guía. Cuando tengo que describir lo que no quiero que me habite, que me pase, construyo rápidamente laberintos de palabras que intentan alivianar mi carga, asimilarla, distenderla.

Me pasó una vez, me estaba pasando, que era mucha la alegría, mucha la felicidad que me envolvía. Y yo, joven todavía en ese camino de la vida, me propuse conocer las nuevas suertes que parecían esperarme. Me propuse disfrutar, sentir a fondo esa emoción para poder escribir algo que se nutra de esa aún más nueva sensación que me tocaba transitar.

Pasaron unos cuantos días, antes que pudiera enhebrar alguna frase que defina esa felicidad, esa plenitud, esa alegría.

Pero como si en verdad existieran los destinos, y en este caso los destinos infames, la vieja calamidad se adueñó de mi incipiente alegría, y la deshizo, reubicándome en esto que parece ser un camino sin salida, y es el verme describiendo los dolores que parece que la vida me guarda.

Y vuelve la palabra plena, rápida, certera, porque vuelven los recuerdos de dolores ya vividos, de desdichas ya pasadas, de miserias.

Sólo que en este caso, es tan fuerte, que no tengo ni siquiera demasiadas ganas, de andar contando, lo que este dolor encierra.

Solo siento,

y se que deseo otra cosa.

Solo siento,

y puedo ver que quiero que todo sea de otra manera.

Solo siento,

y pongo todo lo que me queda,

en cambiar la musa que rija mi poesía,

aunque como siempre,

yo tan solo transcurro,

y decide la vida.

 

Ya quedaban verdaderamente pocas esperanzas.
La inmovilidad sentida en los primeros días de embarazo, la revolución pasada con la espera, la necesidad de encontrar un lugar en el que ubicarme durante esos días, todo se había ido.
Ahora, empezábamos a molestarnos con Sil, ya que además de todo, no podíamos tener relaciones, las que siempre han sido nuestra mejor manera de comunicarnos. Discutíamos, nos enojábamos fácilmente, nos peleábamos. Imposibilitados de buscar una explicación, nos echábamos mutuamente la culpa, en discusiones estúpidas, pero que se convertían en el único remedio para aflojar aunque sea un poco, la tensión de aquellos días.
Estábamos mal.
Estábamos inmovilizados por algo que parecía a las claras no estar, pero que ocupaba un lugar dentro de ella y dentro nuestro, y que además, no sabíamos bien porque, pero había que seguir cuidando.
Porque además el prolongar la espera, la medicación y la forzada continuidad, hacían que los síntomas de un embarazo normal, se manifestaran en Sil,pese a todo. Sus pechos crecían, se sentía cansada, inestable, y encima debía esperar.

Si en los pocos días en los que habíamos podido transitar normalmente el embarazo, la ansiedad se había volcado en cumplir antojos mutuos, ahora, nos sentíamos mal al seguir sintiendo esas ganas de “antojarnos”, de mimarnos, que tan rápidamente habían desaparecido. Se nos había esfumado, de pronto, el motivo más grande de alegría, que habíamos vivido como pareja, hasta entonces.

Era una verdadera pesadilla, a toda hora.

Las tardes se habían convertido en una continuación agónica de las madrugadas, dado que ni el sueño o el cansancio, nos daban algo de calma. Iban más de veinte días de espera, siguiendo análisis tras análisis, una ilusión que se esfumaba.

Pero con ese deseo inmenso que me movía, con esas ganas de buscar, antes aún de perderlo del todo, yo ya empezaba a prepararme para la nueva lucha, reacomodando mi sentimiento, en pos de ese sueño que era el de tener un hijo.

 

 

 

1-10-94 (19.41hs)

Te invoco,

con la fuerza visceral de mi deseo,

con mis brazos.

 

Te imploro,

con el dolor de mi aliento entrecortado,

con mis ojos.

 

Te lloro,

con la angustia de mi sueño postergado,

con mis manos.

 

Te espero,

aunque tardes más de lo deseado,

aunque sea difícil,

aunque no haya demasiado consuelo.

 

Te espero,

como siempre te he esperado,

cargado de ilusiones y de ganas de quererte,

 

cargado de cuentos.

 

Te espero,

con toda mi esperanza,

con toda mi alma

y mi pecho abierto.

 

 

4-10-94
Sub-unidad beta: 35800 mui/ml.

 

 

 

Este último análisis, demostró que el embarazo se había detenido.
Los valores habían retrocedido.
Ya no quedaban dudas, y aunque esto nos trajo algo de calma, ante su definición, todavía quedaban algunas lágrimas, algunas broncas, algunas cosas incomprensibles, que afloraron en un llanto enorme, inmenso, cuando ante la impotencia del resultado, y la bronca contenida, nos desahogamos en la relación más poderosamente íntima y vivida de todo ese tiempo.
Teníamos desesperadas ganas de compartirnos, ya no en pos de un sueño, sino por nosotros.
Nos necesitábamos.
Habíamos estado sosteniendo con toda el alma, una ilusión que se iba.
Nos habíamos postergado mucho tiempo, y ahora, reforzábamos nuestro amor, ejerciéndolo, ofreciéndolo como la más absoluta confirmación de nuestra apuesta a la vida.
Y después de darnos, de entrelazarnos, nos desahogamos como nunca, todavía juntos, reconociendo que todo aquello había terminado.
Había que volver a empezar.

5-10-94
Aborto espontáneo a la madrugada.

En silencio,

con la valentía que la caracterizó siempre,

con toda su sencillez y su capacidad de aceptar,

Sil se levantó esa madrugada,

y aunque sentí que algo pasaba,

el sueño,

o el cansancio,

o la pena,

o el miedo,

impidieron que me levante.

La sentí irse al baño,

entre sueños la espere en la cama,

y conocí su abrazo fuerte,

por la espalda,

apretándome profundo,

buscando sentirme,

con el alma desgarrada.

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