Él me defendió

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Me miraba los ojos en el reflejo. Eso hacía. Me miraba los ojos y movía su hoja para que la luz atravesara mi cara. Como un espejo, lo usaba como un poderoso espejo. Era poder. Lo sentía en mi mano como una espada, aunque sus treinta centímetros no llegaban a serlo. Para mí lo era.
Tenía una forma medio curva, la misma forma que usaba el de la película. Y hasta mi torpe cuerpo se transformaba cuando lo tenía en la mano. Parecía el de él, el de la tele.
Me levantaba de noche a acariciarlo. Si tenía una pesadilla, o me daba ese miedo, me levantaba de noche y lo agarraba.
Sujetaba el mango con una mano, y con la otra le acariciaba el lomo, grueso, de hierro pulido. Pasaba el dedo por el filo, suave, sintiendo el vértigo de cortarme.
Más de una vez me cortaba. Un tajito en algún dedo, y mis dedos que enseguida sangran.
A mí me parecía que era el cuerpo del enemigo, de todos los enemigos, de todos ellos. Y yo veía la sangre y ni dolor sentía. Sentía más ganas.
Nadie se dio cuenta esa noche. Cuenta de nada.
Pero yo me sentía tan cansado, tan harto. Si parecía una sombra en mi propia casa. Ellos arreglaban todo, manejaban los espacios, la tele, la plata.
No me ponían el plato en el suelo por no agacharse.
Esa noche no pude dormir, me sentía una rata. Así que lo fui a buscar.
Lo desenfundé como sacándome los pantalones. Lo acaricié como erectando.
Enseguida me corté un dedo, y la sangre me dio bronca, y más coraje.
Si vieran cómo se reflejan mis ojos en esta hoja, no se animarían a maltratarme. No saben que ojos tengo acá, no saben.
Me corté otros dedos, y la verdad, es que no dolía. Era lindo ser cortado por él. Era como un padre que castiga, casi diría tiernamente. Un padre que pone límites. Él me decía que me quede ahí, y me cortaba. Que él sabía que yo era valiente y aguantaba.
Pero ella apareció husmeando, como siempre. Siguiéndome hasta en los sueños, espiando.
Y fue como un impulso. No mío, de él. Se movió como defendiéndome, si yo casi ni la había visto.
Es increíble como se enterró en su abdomen. Casi hasta el mango.
Yo lo vi después de un rato, porque primero vi sus ojos. Cómo me miraba… ¿Viste? ¿Viste qué no era tan estúpido? ¿Viste qué ojos tengo yo ahora, cuando lo tengo en la mano? Yo vi que no lo podía creer, me miraba y no lo podía creer, aunque lo tuviera clavado. ¿Quién es el tonto ahora, eh?
Antes de sacar el cuchillo de su abdomen me puse como en posición de ataque, como el de la tele, y en entonces sí, ¡Sack! ¡Sack! ¡Sack! Le dí tres más. Tres o cuatro.
Ahí se cayó, y se golpeó la cabeza contra el marco de la puerta. Pobre, le debe haber dolido.
Pero no se quejó. Se quedó ahí tirada con los ojos abiertos, mirando. Seguro que no lo podía creer.
Yo lo puse delante de mis ojos, y me quedé mirando el filo lleno de sangre, de sangre en serio. Era hermoso, desvirgante.
Deben haber escuchado ruidos, porque bajaron medio llorando, chillando como siempre, hasta el más grande.
No los soporto cuando chillan. Jamás los soporté.
Con ellos fue todavía más fácil para él.
De ellos, también me defendió.

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