Estaba Esteban

Tapa-Somos

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Estaba Esteban frente a la hoja en blanco.
El cuarto a media luz, la hoja a luz entera.
Toda la nada de Esteban parecía reflejarse en esa hoja en blanco.
De pronto sintió una idea en su piel:
– Debo comenzar mi obra por un punto – se dijo.
Con esa rapidez que exige la improvisación, tomó un lápiz e hizo un punto en la hoja.
No en el centro, sino a un costado, en la parte superior.
El punto cambió la nada de la hoja, cambió la nada de Esteban.
Pasó largo rato mirando ese punto.
Trató de ver el comienzo de su obra.
Dio vuelta la hoja más de mil veces, pero ese punto no le sugería nada. Nada era lo que Esteban podía ver en ese punto mientras estuviera ajeno a él. Mientras sólo lo mirase.
Decidió aproximarse.
Se paró en la mesa, a un costado de la hoja y del punto.
Allí abajo, la hoja más pequeña y el punto aún más, estaba el desafío.
No pareciéndole bien la distancia, tomó una silla y luego un banquito y los puso en pila sobre la mesa.
Ya subido a ellos, casi tocando el techo con la cabeza, la hoja se desdibujaba y el punto casi no se distinguía.
Pasó más de una hora parado sobre aquella pirámide, mirando la hoja y el punto.
De pronto la ansiedad lo envolvió, una necesidad de ver el por qué de ese punto.
¿Por qué había su obra de empezar por un punto?
¿Por qué un punto y no una coma?
Decidió sumergirse en él, decidió vivir el punto.

Cuando retiraron el cuerpo, la hoja seguía fija a la mesa, y el punto en su lugar, sólo que ahora la sangre de Esteban, desparramada por la hoja (aunque en realidad lo estaba por todo el cuarto) había formado dibujos maravillosos, formas desfiguradas, como había quedado Esteban.

Esta obra le costó la vida.
Y bueno.

El arte exige este tipo de sacrificios.

 

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