Eusebio

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En las afueras de un pueblo, había una casa inmensa, en la que vivía un hombre muy alto. Eusebio, tal su nombre, vivía solo. Tenía un corazón grande como su cuerpo, pero más grandes tenía sus manos.

Como dos fuentes blancas, dos platos para pasta, dos resmas de papel, Eusebio tenía las manos más grandes que había visto aquel pueblo en su historia, y sólo aquello le bastó al pueblo para segregarlo.

De chico jamás pudo jugar a las bolitas, ni a las figuritas. Mucho menos a la mancha. De adolescente, solo las más osadas (y apuestas mediante) se dejaron transitar por aquellas manos. Decían que daba miedo. Medio como que asfixiaban.

Una vez que fue develado el misterio de sus partes íntimas, que a fuerza de comparación resultaban siempre pavorosamente desfavorecidas, Eusebio quedó definitivamente aislado del resto, con sus manos.

Fue allí que decidió irse al bosque, y hacer una gigantesca casa que lo contenga. Una casa de ventanas amplias, de baldosas como patios, de mesas inaccesibles. Una casa con piletones como fuentes, en donde sus manos se pierdan al lavarse.

Allí, Eusebio se siente pequeño, y recupera la sensación de hormiga propia del hombre.

A veces por la tarde se relaja, y llena sus manos de semillas. Acostándose al sol, cientos de aves comen de ellas, y él se duerme.

Está tranquilo. Ha aprendido que todo es según cómo y dónde.

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