Globalización

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¿Por qué seguía usando unas alpargatas verdes, tan amoldadas a sus pies que hasta guardaban la forma de algunos cayos?
¿Por qué no cambiaba su campera por una más abrigada, o menos gastada? ¿Por qué no se decidía a adornar con algún aplique, las lamparitas colgadas de cuando llegó la luz al pueblo?
La gente se hacía preguntas sobre cosas que ni a ella le importaban.
¿Y para qué voy a cambiar ahora?, contestaba con otra pregunta, rompiendo no solo la regla, sino la paciencia de aquél que preguntaba.
Ella era como había sido. Así, siempre.
Y si bien era verdad que la cocina económica era ahora calentada por un enorme mechero a gas, también lo era que las mantas que usaba eran aquellas que había usado de niña, los cuchillos regalo de casamiento que había recibido su abuela, las sillas el juego de comedor de su papá.
Las únicas fotos que decoraban su casa eran retratos del pasado, de un pasado que alguna vez fue presente, y que ella se empecinaba en prolongar. Y se sentaba en alguna silla, algún rato, y mirándolas sentía el paso del tiempo, de un tiempo que fue más duro, más puro, más difícil, más franco.
Y entonces, ¿Para qué cambiar? ¿Para quién cambiar?
Ella mantendría sus alpargatas verdes, su campera, y con la costumbre de los años, transcurriría un día casi copia de otros tantos, mezclando presente y pasado de tan todo repetido.
Cocinaría las mismas recetas, serviría en los mismos platos, y hablaría a medias con su hermano, eterna y obligada compañía de los años.
Transcurriría la tarde caminando el campo, y mirando los mismos montes, escucharía en silencio los sonidos que ni el progreso le había quitado.
Rumor de canal, el viento fuerte arrasando, y cormoranes y avutardas mezcladas en el vuelo manso. Quizás se recuerde niña mirando ese mismo cielo, piernas flacas, movedizas, descubriendo en el horizonte si el puntito negro era un barco.
A la tarde, repetiría la ceremonia del mate cocido fuerte, en el tazón enlozado, repasaría con un trapo limpio algunas fotos, tazas y copas, recuerdos atesorados.
Y esperaría la noche planeando como siempre el arreglo del galpón, la pintura de la casa, o revisar el techo que estaba goteando.
Ella es como había sido, aunque los demás no puedan explicarlo.
Eso sí.
Al llegar la noche profunda, ya tarde, una luz seguiría encendida en el cuarto. Una luz blanca, titilante, como única victoria que los tiempos habían logrado.
Ahora, era imposible irse a dormir, sin mirar en el canal 22, el novelón mexicano.

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