Las ratas
Las escuchaba caminar por sobre las vigas del techo.
Con sus pasitos silentes, casi imperceptibles. Pero las escuchaba.
Era el año del descenso, el de la plaga. Como cada siete,
bajaban de la montaña de a miles, metiéndose en las
casas más desprotegidas, agigantando el mito de los pobres,
y la incredulidad de los pudientes.
Él las escuchaba, todo dicho.
Hacía unos días habían invadido el entretecho
y los sueños, en un concierto de chillidos, pasos, y amenazas.
La primera noche quiso imaginar que era el viento, la segunda una
chapa suelta. Pero a la tercera, insomne con el kilombo del laburo,
cayó en la cuenta. Siete años tenía la nena,
y fue para su nacimiento que en la otra casilla se le habían
complicado los días y las noches, entre ratas y pobreza.
Anotó en el aire buscar el veneno en el corralón,
si es que el camión lo había traído. Pero no
había, y habrían de pasar varios días.
Las cosas venían de culata.
El insomnio provocado por los chillidos y los problemas no había
hecho más que afirmar sus permanentes rasgos duros, agigantando
su fama de malhumorado. En el trabajo era casi una isla en donde
solo a veces y por descuido, amarraba alguien, buscando más
bien certificar que conocer, afirmar que descubrir.
Nadie le iba a preguntar qué le pasaba, y si lo hacían,
no darían el tiempo suficiente para escuchar una respuesta.
Es habitual. Hoy se pregunta más bien y sobre todo, para
tener razón, y no para dar a luz; para confirmar que lo que
se piensa es cierto, que la respuesta que se trae con uno es la
correcta. En este caso, él era un ogro.
Pero los susurros y sigilos, las idas y vueltas, habían aumentado
en los últimos días cuando empezó a correrse
la bola de que por ahí, lo ascendían.
Fue como una patada en los dientes, un golpe bajo. ¿Cómo
podía ser que lo ascendieran a él? Si era un ogro,
un malhumorado, ¡un terco!… ¿A quién conocía?
¿Era verdad que se volteaba a la mujer del ministro entonces?
¿O se volteaba al ministro?
Él había comenzado a percibirlos entre los tabiques
de la oficina, cuchicheando, rumiando, mascullando lo que aparentaba
indignación, lo que suponía desprecio. Caminando despacio
como en puntas de pie, la oficina de golpe se había cubierto
de un silencio aparente, profundo, que no hacía otra cosa
que resaltar cada palabra. Pero él no se metía y tenía
sueño, y tardó todavía un par de días
en reconocer de qué hablaban. Tardó otro más
en darse cuenta de quién, y más bien lo hizo por casualidad.
Había salido una vez más hasta el
corralón a preguntar por el veneno. El camión primero
se había roto en San Julián, después había
demora en la balsa y, por último, tenía una carga
y descarga importante en Río Grande. Pero la invasión
avanzaba sin descanso ni demoras, y lo que en un principio eran
algunos pasos aislados, ahora, durante la madrugada, se habían
convertido casi en un tablao. Las ratas iban y venían por
toda la casilla, sin respetar horarios ni tabiques. De a poco, y
colándose por la precaria estructura, habían ido invadiendo
el resto del cuarto, incluyendo el reducido espacio del baño,
y la precaria humanidad de la cocina. Claro, era evidente que no
iba a costarles mucho.
La casilla estaba avejentada, transitada de ilusiones, de familias
recién llegadas, de esperanzas. Él la había
comprado por dos pesos, con un papel que le decía que tenía
derecho al terreno, firmado por un tal Paco.
Era tan falso el papel como que estaba casi nueva, tan engañoso
como ese “así empezamos todos”, dicho desde una
poderosa cuatro por cuatro. Los tiempos habían cambiado,
y hoy día, la gente llegaba a las casillas como de última,
y no para mientras tanto.
En su caso, había llegado después del divorcio, uno
más entre tanta mentira y desarraigo. La dureza del clima,
el frío y la falta de agua, habían llevado a su mujer
rumbo a una casa con estufas y piernas calientes, llevando también
a su hija. Se conformó pensando que la nena iba a dormir
mejor, a educarse mejor, a vivir mejor. Él iría tirando.
Y entonces, se buscó una casilla chiquita, más chiquita,
como para empezar de nuevo, siempre, una vez más.
Por eso le daban tanta bronca esas ratas, que parecían venir
a corromper lo poco que quedaba, a llevarse todo menos la miseria.
El empleado del corralón lo recibió
con una sonrisa salvoconducto, atajando lo que ya esperaba fuera
su malhumor: - ¡Tranquilo! ¡Tranquilo que llegó!
¿Estamos? Lo están descargando. Dese una vueltita
a última hora.
Y el enojo de tener que volver se diluyó pensando en que
por fin, iba a poder deshacerse de la plaga, saboreando lo que imaginaba
una muerte fulminantemente reivindicadora.
Fue entonces que al volver a la oficina, como en un final de concierto
apurado, las voces se silenciaron casi de golpe apenas puso un pie
en ese cuarto oscuro de envidia y mezquindad, en ese inmenso serpentario.
A la explosión de silencio le siguió un sincronizado
salto de miradas. Una parte al piso, otra al techo, y una más
a sus ojos expuestos, desacostumbrados al calor de otros ojos.
Sin ser muy rápido, entendió de pronto que él
era el blanco de los susurros, el objetivo de las pisadas entre
los tabiques, el “acomodado” que se iba para arriba,
porque se había acostado con tal o cual, o con ambos.
Tardó todavía otro poco en componerse,
pero lo sobrellevó atrincherado en su cara escudo, que le
servía tanto para evitar la timidez de pronunciarse, como
el dolor de darse a conocer. Escondido ahí detrás
de unos ojos casi cerrados, continuando con la rutina de las horas
muertas, fue creyéndose el murmullo de que sí, por
ahí era él al que nombraban, al que ascendían,
¡Por ahí era él!
Esa tarde repartió el veneno en lugares
estratégicos con una enorme sonrisa que más bien tenía
que ver con la satisfacción de asesinarlas, que con el cuidado
de la casilla. Pensaba mudarse apenas lo ascendieran. Iba a alquilar
algo mejor, con un cuarto para que la nena pudiera visitarlo, y
un baño. Quería algo cerca del centro, porque seguramente
con el ascenso tendría más trabajo, y quería
hacer buena letra. ¿Quién sabe? Por ahí laburando
duro, más duro que hasta ahora, más todavía,
lo seguirían ascendiendo y haría carrera, ¡Quién
sabe!
Esa noche su insomnio era un deseo que no le permitió escuchar
como las ratas, amontonadas de a decenas en el techo, comenzaron
a bajar por las paredes, buscando algo que morder, que comer, que
corromper. Él no se dormía, porque ya soñaba.
Soñaba despierto con el nuevo baño, al fin con agua
corriente y estufa. Volaba pensando en que tan mal no le había
ido, que todo llega, que si era verdad eso del ascenso le iba a
hacer un regalo al ministro. Cosas locas de la vida, la única
vez que se lo cruzó, fue aquella en que subieron juntos la
escalera, y a él le pareció que el ministro se burlaba.
Le hizo un comentario sobre lo gastado de sus zapatos que él
no entendió bien, pero que al ministro le causó mucha
gracia. Tanta, que salió de la escalera riendo y mirándolo,
y todos creyeron ver en esa risa, en esa mirada, una cómplice
cercanía, una amistad secreta, un acomodamiento que en realidad
ellos deseaban.
Pero bueno, qué importancia tenía
ahora una burla, si en verdad, el ministro lo ascendía, si
le daba la posibilidad de vivir su vida para arriba, de cambiar
ropa, casa, auto, y hasta quizás, inaugurar sonrisa.
La espera se hacía larga. Los murmullos en la oficina no
cesaban, y las ratas eran absolutamente indiferentes al veneno,
y a las explicaciones bioquímicas del vendedor.
Que se habían acostumbrado… que hay que cambiarlos
cada generación… que seguramente se lo habían
dado en otra casa y no les había hecho nada. Tres marcas
fue probando y colocando de a montones en los rincones, en el entretecho,
y hasta en un platito en la heladera después de que una mañana
al abrirla, una le salte encima como queriendo devorárselo.
Se habían metido por el burlete roto, y las pocas compras
recién hechas, se habían infectado con mordiscos y
pisadas. Había consumido hasta unos pesos guardados para
el cumpleaños de su hija, comprando de a montones ese veneno
que más bien, parecía fortificarlas.
Su sueño ya no existía, entre la
imaginería anticipatoria del ascenso, y la repugnancia amplificada
de los pasos nauseabundos, que lo obligaban a mirar una y otra vez
hacia los rincones oscuros del cuarto, para ver si no se acercaban
a morderlo mientras dormía. Había colocado cada pata
de su cama en un tacho con agua, y antes de acostarse, se tomaba
el trabajo de meter bien las mantas debajo del colchón, para
que no les quede puente por el cual subirse. Había sacado
la bombita del techo y tapado el orificio con una madera, anulando
la posibilidad de que se arrojen desde el hueco, y en un desesperado
intento de hacer pared aquellas tablas, se gastó un dineral
en esos aerosoles con espuma, para tapar cada hueco, cada hendidura.
Pero seguían ahí, esperaban, y ya las escuchaba empujar
con las patas los platitos de veneno, las escuchaba masticarlo,
y hasta le parecía oírlas reírse a carcajadas,
ante sus frustrados intentos de asesinarlas.
Se ríen, se ríen, sádicas, peste inmunda, se
ríen, se burlan, se ríen… pero cuando me asciendan
me voy, me voy a la mierda, me voy y no vuelvo, asquerosas ratas,
asquerosas… asquerosas… ¡Qué me miran!
¡Qué me miran! Las veo ahí detrás de
la heladera, por el hueco del machimbre… las veo... ¡Qué
me miran!
Inmundas, peste inmunda, cuando me asciendan prendo fuego la casa
con ustedes adentro… las quemo… ¡las mato! Ratas…
ya no van a reírse entre bastidores, me tendrán que
llamar señor… ya van a ver… van a tener que pedirme
permiso para rascarse, para no hacer nada… ¡Jefe!...
me van a llamar jefe… no les va a quedar más remedio…
ratas inmundas… ratas… van a dejar de reírse…
voy a ser jefe… ratas…
Cuando llegó a la oficina a la mañana
siguiente, otra enorme risotada lo esperaba, risotada impúdica,
ni siquiera escondida, ya ni disimulada. Sus compañeros se
reían ante su cara absolutamente ida por la noche en vela
y al acecho. Se reían y le palmeaban el hombro, y él
no entendía si era felicitación, u otra burla de zapatos
gastados. Se le mezclaban las risas y las ratas.
Y entonces se acercó el flaco Andrade, con sus pasos arrastrados
y su sonrisa casi dormida. Con su inutilidad obscena a flor de piel,
su no sé nada, no hago nada, y no me importa. Su perfume
importado, su reloj caro y en cuotas, y esas alhajas de un oro que
había conocido tarde, y del que ahora se mofaba.
Y mientras se le acercaba, él veía en una cámara
lenta agigantada por el insomnio, como el resto giraba sus cabezas
para mirarlo, veía como silenciaban sus risas, como lo rodeaban,
como las ratas, como anoche, lo miraban y se reían, lo miraban,
y a él le parecía que eran los mismos dientes afilados,
sucios de bigotes invisibles, de basura, de carroña…
- Bueno che, espero que vos también estés contento.
¡Me ascendieron! - y explotaron las risas, mientras Andrade
le palmeaba la espalda, y los demás festejaban.
Se sostenía el pacto mafioso, mediocre,
despreciable. El acuerdo siniestro que estaba hundiendo a la ciudad
entera en la peor miseria imaginable, la miseria de la que no se
vuelve, la miseria de ideales. Otro inútil era ascendido,
y el no trabajo de todos estaba nuevamente protegido, perdonado,
avalado. Nadie sabía menos que el jefe, y entonces todos
eran sabios.
Y lo invitaron a una fiesta. A él, del que jamás se
acordaban en ningún asado de fin de año, ni en el
día del gremio, ni en ningún santo. Ahora lo invitaban
a una fiesta, para festejar el ascenso del flaco Andrade, que viste,
se lo merece…
Llevemos algo, llevemos todos un poco. Hoy a la noche, en el quincho.
Esa tarde él regresó a la casilla deshecho, mientras
veía como se le iban los sueños amordazados entre
los dientes de esas risas, entre las palmadas, entre la ineptitud
sostenida y solventada. Llegó y pudo ver que otras risas
lo esperaban, otras ratas estaban ahí entre bastidores, cuchicheando
su hundimiento, festejando su podredumbre, preparando lo que suponían
iban a ser nuevos festines. Las vio comer de los platitos dispersos,
casi vacíos, esparcidos por todos lados, y le pareció
que levantaban la cabeza pidiendo más.
Se sentó en lo que quedaba de la única silla, y con
la vista perdida dentro suyo, veía como caminaban por toda
la casa sin siquiera responder a su figura, casi ignorándolo,
y hasta le pareció corroborar nuevamente que se reían,
se reían entre dientes, festejaban, y le palmeaban la espalda.
Fue ahí, cuando las lágrimas comenzaron
a humedecerle las mejillas, y las ratas de su casa se acercaban
para reírse de cerquita, cuando la sonrisa de Andrade se
le dibujó en el aire.
Fue ahí, que con los últimos pesos que le quedaban
compró unos vinos caros, mucho más caros que los que
compraba siempre; que con trabajo colocó en su interior el
veneno, tapando nueva y disimuladamente las botellas.
Fue ahí, a la noche, que soportó como nunca las eternas
palmadas en el hombro, las risas, los empujones, los “dale
un besito a Andrade”.
Él los miraba sin verlos, aguardando el momento oportuno.
Cuando todos tuvieron el suficiente alcohol dentro como para no
reconocer un vino fino de un cartón, extrajo de su bolso
las botellas preparadas, y todos aplaudieron entre sorprendidos,
y mamados.
Las destapó él mismo y se encargó de convidarles
una y otra vez, mientras se reían, festejaban, daban palmadas,
y balbuceaban veredictos sobre lo bueno de un buen vino que no habían
probado jamás.
Y tomaron, hasta la última gota del último vaso, y
más.
Él se sentó en el extremo del salón, y casi
sin mirarlos, fue viendo cómo caían de a uno, atornillados
del dolor de estómago, entre vómitos y gritos ebrios,
entre retortijones y espasmos, sin saber, como jamás supieron,
qué les pasaba ni por qué.
Y cuando la masa de gente se hacía notoria,
cuando ya casi no quedaba nadie en pie y sólo algunos miraban
desorbitados desde el piso, aplastados, vomitados, casi muertos,
desde todos los rincones de aquel quincho comenzaron a avanzar entre
mordiscos y chillidos, sus ratas, que lo habían acompañado
sigilosas, fieles perversas, casi domesticadas. Cientos de ratas
que agolpándose, empujándose y olfateando, subían
por los cuerpos amontonados, y comenzaban a morder, a roer, a tironear,
mientras ahora, nuevos gritos de dolor inundaban el quincho, y él,
esbozando una mueca casi sonrisa, pensaba que quizás, al
fin, después de todo,
iba a poder dormir en paz.