Palingenesia

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Decidí arrojarme una mañana en la que el frío, como un doloroso recuerdo, perforaba mi cara humedeciendo mis ojos, congelando mis gestos.
Decidí arrojarme cansado de tanta lucha en vano, de tanto empujo, de tan todo tan llano.
Decidí sumergirme de una vez y para siempre en este impulso irrefrenable de contarlo todo, en este abismo para adentro, en este interacantilado.
Ya no me expliquen, por favor, no me expliquen.
No quiero saber por qué lo hacen, qué razones tienen, cuáles son sus causas.
Me es ajena la miseria, aún teniendo menos que tenerme, aún sin abrazarme. Aún sin tener el poder que manifiestan, sintiéndose siempre tan soberbiamente inalcanzables.
Déjenme a mí acá, conmigo. Déjenme como se deja a alguien a quién jamás podrá entenderse, pero no puede del todo rechazarse. Déjenme por compasión, por orgullo, o por inercia.
Pero déjenme arrojar de una buena vez y para siempre, a este salto hacia afuera en uno mismo.
A este vuelo poderosamente amplio, a este mi cielo.
A este espacio que siento, mientras el aire rasguña mi cara, mi aliento, mi desgarrado recuerdo, que agoniza eternamente entre palabras que lo dibujan, sin nombrarlo por completo.
A éste, mi soy, que es de todo tan mío, tan solo, tan desgarro.
Déjenme, y reciban del salpicón de mi destrozo, gotas de aguafuerte, aguasangre, aguallanto, que les traerán al menos novedad, distracción, ilusoria intelectualidad de este dolor que me deshace cada día, de esta lucha contra el barro, de ésta, mi permanente guerra empecinada al abandono, al medio pelo, al desencanto.
Quiero vivir muriendo el que ven.
Quiero morir viviendo quién soy.

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