Pantallitas

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Todo brillantina, así, reflejitos baratos. Hoy en día todo es para afuera. Casi al borde de la superficie, pero ni siquiera. No importa mucho cómo estás, qué sentís. Importa menos qué pensás.
Lo único que importa es que hagas como que estás, que parezca que sentís, que luzcas como que pensás, pero nada más. Apenas intentás estar más en serio te dicen pesado. Si intentas sentir mucho, te tildan de desubicado o inoportuno. Ni decir si intentás pensar.
La catástrofe se produce cuando intentás decir lo que pensás respecto de cómo te sentís. Ahí se van a la mierda.
Todo brillantinita, reflejitos, purpurina. Función de circo mediocre, teatro de cuarta.
¿No viste cómo se saludan?
¡Qué hacés! ¡Cómo andás! ¡Qué lindo verte!
Y levantan los brazos grandes, como para que los vea hasta el de la última fila. Pero después ¡minga!, como si te tragara la tierra. Nadie llama, ni responde. Nadie existe. Todo cuando se miran verse, ¡ahí sí!, agitan los brazos abrazando hasta el aire que te rodea. Pero después nada, ni te rozan.
Reflejitos, puros reflejitos. Lo importante no es ser, sino parecer. Estar ahí como una imagen creada por uno mismo, siempre para afuera; para mostrar; hacer de cuenta; ilusionar.
¡Pantalla plana! La vida es como una pantalla plana.
Cultura de pantallitas. Si todo el día se nos pasa viendo pantallitas. Todo el día mirando al vacío que está ahí adentro, lucecitas de colores, espejitos primermundistas.
En los trabajos, toda la gente mira las pantallitas haciendo que trabaja, y creyendo que en vez de trabajar habla y que está con amigos como se estaba antes. Pero ahora no, porque en vez de gente de carne y hueso ¡hay pantallitas! En una suman, en otra pintan, y en otra creen que se abrazan, o se besan. ¡Mi dios! Por eso cuando salen del trabajo y se juntan, cuando se animan a hacerse un rato en eso de no tener tiempo para nada porque hay que estar todo el día mirando la pantallita, no pueden hablarse mucho en la cara. ¡no! Miran siempre para otro lado, ojean la tele, que ahora hay siempre una, saludan gente, responden a medias levantando la mano al que pasa por la ventana, ¡Se fugan! ¡Se fugan porque no saben qué hacer para que PAREZCA que están, sin estar demasiado! No saben cómo convertir al mundo que los rodea en algo tan esterilizado, hipoalergénico y seguro como una pantallita. Y entonces, necesitan urgente que aparezcan otras que los salven. Ahí sacan los celulares. ¡Sí! Mientras están sentados en una mesa, enfrente de otro, ¡sacan los celulares! Y llaman, o los llaman otros, intentando estar en otro lado del que están, buscando desesperados crear una realidad virtual, porque la de carne les duele. Mientras, el café se les enfría, y ellos de reojo miran como el otro también habla por el suyo, y chequean a ver si el de él tiene tapita o camarita o lucecita, o conexión satelital directa a otras millones de pantallitas como esa.
Y entonces claro, juntarse se juntan, pero no se hablan.
Porque la cara del otro no siempre es tan linda cuando no está en la pantallita, y no se puede quitar, tapar, o cambiar a gusto con dibujitos. No se pueden copiar y pegar frases célebres, ni pasar los silencios escuchando música. Cuando uno está sentado adelante del otro los silencios golpean, ¡fuerte!, y entonces ellos rajan.
Corren, escapan ¡huyen para la casa!, en donde seguro, ¡pero seguro eh!, apenas llegan, ¡prenden la tele! ¡o la pc! ¡o cualquier otra pantallita que tengan a mano! ¡Porque sí! Hay que estar conectado todo el tiempo a todo el mundo, pero así, lejos… todo el tiempo hay que saber lo que pasa, aunque lo que pase sea el tiempo, y nada más lo pasemos mirando pantallitas.
Y si me siento solo, o asustado, o triste, o simplemente ¡si tengo ganas de decir algo y no sé cómo decirlo! ya no busco, ni pienso, ¡ni nada! Me meto en emociones.com y mando una tarjetita que alguien pensó por mí; o reenvío ese mail tan emotivo del papá que no mira a la nenita; ¡o me sumo a una cadena de mensajes, con castigo divino incluido!
Mensajes que ¡parece como que se burlan! ¡y sí!… porque hablan del tiempo, de lo importante de tener amigos, ¡de la vida! ¡Pero hablan todo desde las pantallitas!
Y entonces, uno mira acá, ¿no? la pantallita, y por ahí piensa que hay otro que mira del otro lado, y que los dos miramos esta especie de cuarta dimensión berreta, que nos hace creer que aún estando tan lejos, no lo estamos. ¡Pero sí lo estamos! porque nos metieron esto en todas las casas, y ahora no sabemos ni hablar, ni escribir una carta, ni leer un libro. ¡No sabemos una mierda y cada vez estamos más solos! Y los diarios mienten cada dos minutos con fotitos y todo, y uno lee cosas que ni sabe quién escribe. Y se llena la webada de millones de palabras en donde todos cuentan cómo están, qué hicieron, con quién sueñan… ¡hablan solos con todo el mundo! ¡Pero hablan solos! ya nadie intercambia, nadie conversa… Pero bueno, ¡estamos conectados!
Estamos conectados, y ni idea a quién o a dónde, pero estamos. Y eso es bueno. ¡Parece que es bueno! Claro, bueno para los que anotan todo en la libretita sin que nosotros nos demos cuenta.
¡Saben todo de nosotros! ¡Todo de todos! Y nadie le da bola… Bah, yo creo que sí, un poco. Pero ¿y qué? Nadie escucha al que habla mal de algo de lo que todos hablan bien. No conviene. Es feo. Ni terrorista ni un carajo; no hay que decir nada, que sino volvés a estar más solo que antes, más solo aún que con las pantallitas.
Má qué se yo, por ahí me da la loca y me destecnologizo y mando todo a la mierda. Busco una libreta gorda, un lapicito, y me pongo con la libreta y el lapicito a mandar cartas a todos. Tendría que preguntarles las direcciones, porque ni sé donde viven, pero bueno. Lapicito, libreta, ¡y estampilla! Lástima que el correo ande para la mierda, que si no…
Pero bueno, tampoco es nada más que libretita, porque justo yo vengo a comer de lo que hago con ella. Con la pantallita claro. Vivo de ella. Como vivir de una puta. Puta sucia, sucia perra puta, y castradora. ¡Pero vivo de ella! Bah, el que labura soy yo, como una bestia. Y eso que con la tecnología iba a ser todo más fácil, pero claro, ¡Culpa mía me dicen!, culpa mía que compro programas truchos, y ando con copias. Encima soy ilegal, ¡conchasumadre! ¡Encima la culpa es mía! Parece que siempre caen todos parados, ¡y encima mío!
Y este que no para de ladrar…
El perro. El perro ladra. Ladra de verdad. Él no es tecnología. Él ladra si tiene hambre, ladra si se asusta, si quiere entrar. Pero bueno, ladra. Y está bueno que ladre. Porque así me dice que hay alguien vivo más cerca. Bah, no sé si está vivo-vivo, porque tiene medio cara de boludo. No dice nada casi con la cara. Encima tampoco me contesta cuando le pregunto. Pero bueno, él me mira, y ladra, y entonces yo dejo que él crea que yo creo que está vivo. Que los dos estamos vivo, bah.

Me parece que le gusta.
A mi me gusta.
Y me acompaña.

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