Prólogo

Volver a libro

A veces el desconocimiento es una virtud. Hay misterios cuya nobleza consiste en permanecer para siempre en las sombras.
Planificar una recorrida por los laberintos que transita un escritor hasta dar con el destino de su obra, se parece bastante a una penosa pesquisa policial. Escudriñar la cosecha fértil de un texto, en busca de presuntos significados enterrados bajo las raíces de las palabras, empeora aún más la naturaleza del emprendimiento.
Sin embargo, ahí están los que se empeñan en revelar públicamente los trucos de magia, los que se visten de Papá Noel intentando ofrecer evidencias para los mitos infantiles, y los que desesperan por conocer el rostro de los locutores de radio.
También estoy yo, cumpliendo con el pedido que se me ha formulado de dotar de un prólogo al cuarto libro de Jorge Navone, como si hiciera falta explicar un grito, tres o cinco.
Seduce la idea de una disculpa tenue.
Estas líneas pueden leerse como un revoloteo incompleto y desordenado por el alma del autor. Un mapa viejo y amarillento de sus intenciones literarias, de su forma apasionada de arrancarle días al almanaque, de su multifacética labor artística. También de sus cíclicos cambios de ánimo que combinan, como en casi todos los gritos de este libro, la fiereza de un tigre, la decepción de un cactus, la rebeldía de una tormenta eléctrica, y el romanticismo de una luna llena.
Hay personas burbujas de aire que explotan inadvertidas; y las hay como soles incandescentes, que estallan en millones de galaxias.
Hay escritores que filosofan desde el cielo de las palabras; y están los que descienden hasta el infierno de las verdades puras.
Están los que teorizan sobre el dolor, y los que se desangran en cada relato. Los que imaginan espinas, y los que se clavan puñales internos.
De los que eligen el riesgo literario a la conformidad de los cementerios de letras, pertenecen estás páginas amasadas a fuerza de búsquedas, descubrimientos y nuevos interrogantes.
Allí donde el común de los mortales ve objetos y personas que se mueven, Navone posa su pluma reveladora de segundas y terceras capas de la realidad. Aún sabiendo que arriesga, su puro instinto literario lo lleva a bucear por temas centrales de la sociedad fueguina, como el desarraigo, con la fluidez y la seguridad de quien hubiera estudiado ese fenómeno sociológico a lo largo de toda la vida.
Las personas trajeadas y con maletín en mano que caminan a toda marcha por la avenida San Martín, en pleno centro de Ushuaia, traen consigo “…apurones transplantados a este pueblo de los confines, convertido en aparente ciudad por los venidos…”
No están aquí por deseo propio, o al menos, enteramente propio. Porque, “Llega quien viene planificando, cae quien no tiene más remedio…”. “La ciudad está llena de escapandos, de tocando fondo, de fugados de otras cárceles…”
Son los mismos que más pronto que tarde acceden a una condición económica de privilegio, con poco esfuerzo, sin pergaminos morales para sostenerla. Entonces les sucede lo que al “Negro tenía plata”, el de “…los billetes planchados, casi nuevos, ordenaditos…”, el de las “…tarjetas por colores…”, el que pagaba abriendo la billetera despacio, “…como quien prepara un sándwich de miradas…” El que usaba “…campera de esquiador que no esquiaba…”
Son, también, los que “…traen consigo sus pedazos…”, los que se desparraman por primera vez en el suelo helado de los inviernos crueles, los que sueñan en forma recurrente con el regreso al Norte.
De un grito reflexivo, casi sin escalas, deviene otro más oscuro y violento. Una especie de espasmo gutural. Un aullido de bronca contra aspectos controvertidos de la condición humana.
“Nadie llama ni responde. Nadie existe. Todo cuando se miran verse”. Son quejas en tiempo de tragedia. Melodía sórdida, sufriente. Enojo que brota en estado puro. Safaris por selvas espesas, plagadas de bestias furiosas que lanzan alaridos de rebeldía social. “¡Se fugan! ¡se fugan porque no saben qué hacer para que parezca que están, sin estar demasiado!”.
Acaso existan pocos viajes más valientes que las exploraciones por los recovecos de uno mismo, por los pliegues ocultos del yo íntimo.
En ese sentido también, es este un libro de aventuras. Hay aquí carabelas repletas de conquistadores hambrientos dispuestos a adentrarse en el mar de los desencantos y las frustraciones, pero con el valor suficiente para esperanzarse con un Mundo Nuevo. Hay recorridos sutiles por los suburbios del pasado que no vuelve, caminatas por el barrio de la melancolía, y visitas guiadas por los senderos de aquellos que pudimos ser, y no fuimos.
Se trata del grito preferido de Navone. El territorio donde más cómodo se mueve y se siente.
La mirada introspectiva, aquella que intuyó en Somos (un libro con relatos nacidos cuando tenía poco más de 20 años) y que profundizó en Espejos rotos, su penúltima obra, regresa esta vez con una agudeza más trabajada, quizá, por el paso del tiempo.
Son tres bramidos finales de la misma estirpe, pero con tonos e intenciones diferentes. El primero, fruto de la desesperanza, no pierde por ello un aire de insurrección que sobrevuela los textos, como una mosca caprichosa y persistente. Un viento constante. Un chirrido perturbador que lo envuelve todo. Una tormenta de provocación que hace sucumbir los cimientos de cualquier idea preconcebida. Daría la sensación que cada frase nos obliga, nos exhorta, nos interpela acerca de las razones de tanto letargo vital, de tamaño conformismo por lo ya dado.
“…Repliego mis brazos contra mi pecho, para que molesten menos con su sombra, para que no se extiendan simulando ser alas que nunca serán, por más que me lleven lejos…” O mejor aún: “…andá sabiendo también, que la vida no es por nadie ni para nadie. La vida estalla en sí misma. No se inventó para vos, pero en vos vive y aguarda…”
El desencanto domina la escena de este capítulo. Aunque lo interesante son las razones de esa disconformidad. Navone no maldice su suerte ni su destino. Tampoco el del mundo todo. No hace catarsis con el lector. Expone, o mejor todavía, propone, interrogarse sobre los asuntos que nos hacen sentir satisfechos, y plantea si con eso alcanza, si con ello basta.
“…No puedo sonreír más con felicidad de verano joven, sobre este crudo invierno devorador…”, “…a mí me esquiva siempre la completud, y me persigue el deseo (…) me evade el me alcanza y sobra, y nada me sobra ni me alcanza…”, “…la vida me estalla en sangre cada mañana, me acorrala el espanto…”
De repente, los decibeles de los gritos empiezan a disminuir. Ya no hay un vozarrón en cada oído. Hay una voz más paternal, si se quiere, más filosófica. Es el momento de la reflexión más profunda. Los relatos ahora son cuentos cuyos protagonistas se enfrentan a dilemas similares a los del resto de la obra, solo que esta vez ya no se exacerban, ni se frustran, ni se rebelan. En este caso, piensan, miran hacia adentro en busca de alguna respuesta. El grito se transforma en puro mensaje: “…siempre hay una mañana que puede cambiarlo todo…”
La última exhalación es en forma de susurro. Relatos contados en clave de intimidad. Casi no se oyen, porque están acompañados por la más maravillosa de las músicas: el amor.
Flotan versos y melodías. “…Bautizo tus curvas con nombres de gaviotas…”, “…mis dedos adivinan tu textura, descifrando el braile de tu cuerpo…”, “…podría respirarte eternamente…”, “…ante tu silencio soy menos que una estaca en la arena de una inmensa playa abandonada…”
Igual, no hay que confundirse. Que Navone haya bajado la voz en el crepúsculo de su trabajo de ningún modo significa que ha dejado de gritar. Su vida es un rugido constante, una ebullición de pasiones que explota en forma de manifestaciones artísticas, ya sea cuando escribe, narra, diseña o produce audiovisuales. Está en su naturaleza, en su genética espiritual, en su elección de vida.
Hay quienes cuchichean en secreto, hablan para adentro, rezan en silencio, piden permiso para elevar la voz. Y están los que de vez en cuando necesitan respirarse de golpe todo el universo para pegar 5Gritos de vida plena, de acá estoy y existo, de me excedo y me gusta, de quiéranme, porque yo los necesito.

De éso trata este libro.

Gabriel Ramonet, en la ciudad de los escapandos, era el 24 de julio de 2008

Volver a libro

Deja un comentario