Prólogo

Tapas-Algun-dia

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¿Cómo escribir un libro sobre las dificultades de una búsqueda, cuando ya se ha encontrado?

¿Cómo no caer en triunfalismos panfletarios?

¿Cómo resistir la tentación a dar consejos, a «bajar línea», a los «porque yo pude, tu puedes»?

Este libro tiene un final feliz, pero no es de eso de lo que quiere hablar.

No intento despreciar la suerte inmensa que me está tocando vivir, pero dejo la escritura de este momento para más adelante.

Quiero ahora, antes de que la alegría termine por borrarlo, o siquiera suavizarlo, sentarme, e intentar hablar sobre el dolor pasado.

No se habla mucho, no se nombra.

Como una sombra silenciosa, entra en la vida de muchas personas, y estas, se ven de pronto rodeadas por él, sintiendo que tan solo ellos lo perciben, o lo sufren.

En este primer mundo donde todo es algo a alcanzar o a adquirir, donde pareciera, todo está en uno, todo lo podemos, el dolor es algo de lo cual se escapa, algo que pareciera no formar parte de nuestra vida. Y si bien esto puede parecer sano, desde un sentido, siendo algo no elegido como lo es por lo menos en la mayoría de los casos, es difícil que se pueda ignorarlo o escapar, y el hacerlo, nos deja más desvalidos que el asumirlo.

¿Cómo escapar al dolor que nos provoca una perdida, si no queríamos perder?

¿Cómo esquivar el dolor de una partida, si soñábamos con quedarnos?

Escapar o ignorar al dolor, es restarle importancia. Y sin llegar a quedarnos esperando debajo del laurel, como la inefable Catalina de la canción infantil, quitarle importancia a algo que nos mueve de tal manera, como lo hace un profundo dolor, es quitarle importancia a quién lo padece. Ni más ni menos que nosotros.

Por otro lado, el dolor del cual intentamos huir, cobra un vuelo más terrible, más lacerante que nunca, cuando al estar abatidos por él, después de luchar con nosotros mismos, no tenemos con quien hablar, o lo que es peor, no tenemos siquiera quién nos escuche.

Nos sentimos perdidos, desgraciados, sometidos por algo más pesado que el aire, y más difícil de ignorar.

La gente, quizás agobiada por sus propios problemas, nos escapa. No quiere escucharnos. Minimiza nuestras confesiones, intentando un también primermundista “pum para arriba”. Frente a esa mirada, empezamos a quedarnos en un lugar incómodo, dónde a veces se agregaran a nuestro dolor, adjetivos descalificantes, que solo buscan propiciar un escudo a quienes los dicen.

Pasaremos a ser depresivos, negativos, faltos de fe, para llegar incluso a ocupar categorías más bajas, cuando insistamos en nuestra búsqueda de oídos y abrazos, siendo entonces pesados, reiterativos, monótonos.

Cuando perdimos el primer embarazo, y los nacimientos se prodigaban en nuestra familia, sentíamos la más grande de las inferioridades, la más cruel de las envidias. Con los ojos fijos, comenzábamos a temer formar parte de esos porcentajes que recién entonces conocíamos, y que mostraban que hay muchas parejas con dificultades. Como parias, asistíamos a fiestas en las que, arropando al recién nacido, nos esquivaban la mirada, porque «pobres», ellos no pudieron.

Nosotros tan solo mirábamos, algo lejanos, la situación que deseábamos con toda el alma fuera para nosotros. Pero de pronto, aquello que tanto queríamos, empezaba a dolernos. Nos dolía acariciar a ese bebe, tenerlo en brazos, hablarle, quizás pensando en el que no había sido para nosotros. No estábamos mal con él, pero sin saberlo, nos brindaba una imagen muy difícil de asimilar: nosotros, habíamos perdido uno como él.

Es por eso, que este libro (quizás como todos) es un intento.

Un intento que transforme a las palabras en voz y oído, en donde quizás, puedas leer cosas que te gustaría decir o escuchar. Puedas encontrarte en alguna pena descripta, en alguna soledad similar, en algún dolor, que mudo, desde estas páginas, intentará decirte que no estas solo.

Somos muchos.

Somos muchos los que buscamos desesperadamente a un hijo, y nos encontramos con que la cigüeña no es para nada equitativa, y encima, a veces, nos trae paquetes vacíos, o con fecha de vencimiento.

Somos muchos los que nos topamos con cosas aparentemente tan insalvables, como los problemas de fertilidad, o los abortos consecutivos.

Somos muchos los que además de lidiar con nuestro dolor, que exige replantearnos nuestras cosas más íntimas, como la fe, el amor, las ganas, el deseo, debemos sufrir la indiferencia, la discriminación, la falta absoluta de solidaridad.

Somos muchos.

Y porque necesité alguna palabra, es que desde el llano, intentaré ofrecerte la mía.

Simple.

Traslúcida.

En algunos casos, tal cuál fue escrita, con la violencia, la incomprensión, y el desvarío de los momentos vividos.

Tan sólo con alguna coma corregida, encontrarás con fecha, todo lo que iba pudiendo pensar y escribir en aquellos momentos, sobre lo que nos iba pasando a Silvana y a mí.

Se sumarán la poesías, que fiel reflejo del alma, cuentan mejor que nadie lo que iba sintiendo, como iba cambiando, como creciendo.

Y para que nada falte, para no escatimar nada, te contaré como pueda, todo lo que ahora, un poco más a la distancia, voy pudiendo pensar.

No esperes encontrar una receta para aliviar tu dolor, una fórmula para cumplir tu deseo. Tan solo, intentaré reflejar la experiencia vivida, no por creerla mejor, sino por saberla única. Si es verdad que no se puede transmitir, al menos, intentaré compartirla.

Espero que todo sirva de algo, cuando parezca que te quedás sin nada.

Dios te bendiga.

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