Prólogo

tapa-espejos-rotos

Volver a libro

Iniciar un prólogo sabiendo que no será suficiente pareciera una tarea necia y desquiciada, aún peor necedad sería, asumir que unas pocas palabras pudieran acercar al lector a la verdadera voz de Jorge Navone. Esa voz enorme capaz de inundarlo todo, esa voz áspera y aún tierna, don de unos pocos oradores natos como es el caso de este autor, que en desesperado intento de llegar a nosotros con la enteridad de su sentir, desparrama por el texto cuanta herramienta sirva a su propósito. Y es así que una multitud de comas vienen a dar la pausa de su voz en el relato, y los acentos juegan su primigenia suerte de enfatizar aquello que la melodía de su voz enfatiza.
Esta nueva publicación, viene a saltar esas distancias mínimas que nos impone la oralidad, para trascender así el espacio y el tiempo… perdurando.
Y es justamente el tiempo el eje de esta obra. El tiempo de una vida, de la vida de este escritor que lo interpela en busca de un olvido que no encuentra; porque la memoria se repite. La memoria se repite como se repiten los días y la lluvia, el amor, el asombro o el cansancio. Imágenes en el espejo. ¿Y qué son los espejos sino burdas repeticiones que intentan capturar el instante fugaz que se desvanece a pesar de la imagen que en el reflejo nunca se fragmenta? Espejos. Espejos rotos. Y este hombre que viene con sus pasiones a romper la muerte, la repetición, el sopor del inamovible determinismo que nos imprime el tiempo. Abismos. ¿Existe acaso abismo mayor que la propia conciencia? ¿No son acaso abismales el límite, la finitud, la permanencia que hace de la antigua herida un dolor por siempre nuevo? Abismal el tiempo tenaz en su fugacidad y en su permanencia; el tiempo que aún en los fragmentos de espejos rotos se nos devuelve entero, insobornable.
Pero si repetirse es morir, Navone nos propone resistirlo desde el espacio, y le opone el cuerpo en un intento de soslayarlo. Busca en su inocencia la piel, los perfumes, el calor. Ante la infinita sucesión, se lanza a jugar en el espacio. Y cae, baja, se arrastra, trepa; vuelve a ser piedra, flor, rocío, cielo. Se sumerge en el estado puro de las sensaciones, buscándose.
Y con palabras se escribe luz, alba, charco, médano.
Con la palabra se descubre.
Se abre.
Se libera.

Carla Tanco

Volver a libro

Deja un comentario