Prólogo

Tapa-Somos

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La palabra no tiene tiempo, pero de un tiempo nos habla.
Del tiempo que contiene, y de aquél en que fue parida.
Y esto es así, quizás, y sobre todo, para el que la escribe.
Parir palabras nos devuelve a la distancia, un tiempo vivo, poderoso, enorme, sin que por ello pierda lo que tiene de intangible.
A medida que leemos lo que esas palabras nos dicen, a través de los años, vamos descubriendo nuevos espacios entre las sombras de sus letras, nuevos mundos. Pero a la vez, recreamos en la emoción, el universo de aquél día en el que las dimos a luz.
Con ingenuidad, con pudor, en algunos casos hasta con un poco de tímida vergüenza, asistimos a la imagen de esos días, como espectadores de nosotros mismos.
Así me encontré conmigo, en el reencuentro con estas palabras, que sabía, me esperaban en un cajón durante más de quince años.
Estuvieron allí, en un libro terminado, ordenado y con números de páginas, pasado en limpio en aquella máquina de escribir por la que mis padres se conocieron, y encuadernado con dos broches largos y dorados. Durante quince años, lo tomaba en mis manos, y esperaba su alumbramiento final, viendo cómo sus páginas se amarilleaban de virginidad ante el paso del tiempo.
Hubo incluso otras versiones, que iban incluyendo nuevos textos, que descartaban torpemente la riqueza de aquellos primeros balbuceos. Pero éste, el primero, seguía allí escondido, esperando el encuentro.
Y cuando después muchos años vino a mí, o fui a buscarlo, cuando al fin junté el coraje o la indiferencia para parirlo de nuevo y para siempre, siento que no es un libro mío el que publico: es un libro de aquél que fui hace ya tiempo.
Aquél lo escribió revelándose, lo susurró a escondidas, lo guardó en secreto. Aquél fue descubriendo en sus páginas una vocación ignorada y demoledora, aprendiendo un oficio inaugurado, sin herencia ni reflejo: sin historia. Pero quizás, también aquél, (y yo tan grandote ignorándolo, y él tan carne viva, intuición pura, sabiéndolo), me lo dejó como una ofrenda, como un puente mágico, como una mano tendida, que busca ayuda ofreciéndome un milagro. Me da algo que fue mío, para que lo haga de todos, nuestro.
Y es así como lo doy, como fue sentido, como fue soñado.
Casi sin cambiarle una coma, sin borronearle una frase que quizás ahora no entiendo. Porque no puedo corregir un libro de otro, y porque de haber podido o sabido, así como está lo hubiera publicado. Quizás ésta sea una reedición, de aquél que publiqué para mí, hace casi veinte años.
Y entonces…
Lo publico por él, que no sabía cómo hacerlo, que esperó todo este tiempo, como viéndome crecer, observando.
Lo publico por mí, para recordar que hay mucho y muy fuerte en la historia de aquellos años. Para rendir el homenaje, cumplir el rito, dar al fin aquel gran paso.
Lo publico por la palabra, que fue dada a luz y merece de por sí, saltar a la vida, y porque mi vida toma forma y sustancia en esas palabras.
Lo publico en un sollozado susurro en el que me digo casi al oído: ¡Ey!, joven Jorge, ¡lo hemos logrado!..

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