Prólogo - Por Gabriel Ramonet
A veces el desconocimiento es una virtud. Hay misterios
cuya nobleza consiste en permanecer para siempre en las sombras.
Planificar una recorrida por los laberintos que transita un escritor
hasta dar con el destino de su obra, se parece bastante a una penosa
pesquisa policial. Escudriñar la cosecha fértil de
un texto, en busca de presuntos significados enterrados bajo las
raíces de las palabras, empeora aún más la
naturaleza del emprendimiento.
Sin embargo, ahí están los que se empeñan en
revelar públicamente los trucos de magia, los que se visten
de Papá Noel intentando ofrecer evidencias para los mitos
infantiles, y los que desesperan por conocer el rostro de los locutores
de radio.
También estoy yo, cumpliendo con el pedido que se me ha formulado
de dotar de un prólogo al cuarto libro de Jorge Navone, como
si hiciera falta explicar un grito, tres o cinco.
Seduce la idea de una disculpa tenue.
Estas líneas pueden leerse como un revoloteo incompleto y
desordenado por el alma del autor. Un mapa viejo y amarillento de
sus intenciones literarias, de su forma apasionada de arrancarle
días al almanaque, de su multifacética labor artística.
También de sus cíclicos cambios de ánimo que
combinan, como en casi todos los gritos de este libro, la fiereza
de un tigre, la decepción de un cactus, la rebeldía
de una tormenta eléctrica, y el romanticismo de una luna
llena.
Hay personas burbujas de aire que explotan inadvertidas; y las hay
como soles incandescentes, que estallan en millones de galaxias.
Hay escritores que filosofan desde el cielo de las palabras; y están
los que descienden hasta el infierno de las verdades puras.
Están los que teorizan sobre el dolor, y los que se desangran
en cada relato. Los que imaginan espinas, y los que se clavan puñales
internos.
De los que eligen el riesgo literario a la conformidad de los cementerios
de letras, pertenecen estás páginas amasadas a fuerza
de búsquedas, descubrimientos y nuevos interrogantes.
Allí donde el común de los mortales ve objetos y personas
que se mueven, Navone posa su pluma reveladora de segundas y terceras
capas de la realidad. Aún sabiendo que arriesga, su puro
instinto literario lo lleva a bucear por temas centrales de la sociedad
fueguina, como el desarraigo, con la fluidez y la seguridad de quien
hubiera estudiado ese fenómeno sociológico a lo largo
de toda la vida.
Las personas trajeadas y con maletín en mano que caminan
a toda marcha por la avenida San Martín, en pleno centro
de Ushuaia, traen consigo “...apurones transplantados
a este pueblo de los confines, convertido en aparente ciudad por
los venidos...”
No están aquí por deseo propio, o al menos, enteramente
propio. Porque, “Llega quien viene planificando, cae
quien no tiene más remedio...”. “La ciudad está
llena de escapandos, de tocando fondo, de fugados de otras cárceles...”
Son los mismos que más pronto que tarde acceden a una condición
económica de privilegio, con poco esfuerzo, sin pergaminos
morales para sostenerla. Entonces les sucede lo que al “Negro
tenía plata”, el de “...los
billetes planchados, casi nuevos, ordenaditos...”,
el de las “...tarjetas por colores...”,
el que pagaba abriendo la billetera despacio, “...como
quien prepara un sándwich de miradas...” El
que usaba “...campera de esquiador que no esquiaba...”
Son, también, los que “...traen consigo sus pedazos...”,
los que se desparraman por primera vez en el suelo helado de los
inviernos crueles, los que sueñan en forma recurrente con
el regreso al Norte.
De un grito reflexivo, casi sin escalas, deviene otro más
oscuro y violento. Una especie de espasmo gutural. Un aullido de
bronca contra aspectos controvertidos de la condición humana.
“Nadie llama ni responde. Nadie existe. Todo cuando
se miran verse”. Son quejas en tiempo de tragedia.
Melodía sórdida, sufriente. Enojo que brota en estado
puro. Safaris por selvas espesas, plagadas de bestias furiosas que
lanzan alaridos de rebeldía social. “¡Se
fugan! ¡se fugan porque no saben qué hacer para que
parezca que están, sin estar demasiado!”.
Acaso existan pocos viajes más valientes que las exploraciones
por los recovecos de uno mismo, por los pliegues ocultos del yo
íntimo.
En ese sentido también, es este un libro de aventuras. Hay
aquí carabelas repletas de conquistadores hambrientos dispuestos
a adentrarse en el mar de los desencantos y las frustraciones, pero
con el valor suficiente para esperanzarse con un Mundo Nuevo. Hay
recorridos sutiles por los suburbios del pasado que no vuelve, caminatas
por el barrio de la melancolía, y visitas guiadas por los
senderos de aquellos que pudimos ser, y no fuimos.
Se trata del grito preferido de Navone. El territorio donde más
cómodo se mueve y se siente.
La mirada introspectiva, aquella que intuyó en Somos (un
libro con relatos nacidos cuando tenía poco más de
20 años) y que profundizó en Espejos rotos,
su penúltima obra, regresa esta vez con una agudeza más
trabajada, quizá, por el paso del tiempo.
Son tres bramidos finales de la misma estirpe, pero con tonos e
intenciones diferentes. El primero, fruto de la desesperanza, no
pierde por ello un aire de insurrección que sobrevuela los
textos, como una mosca caprichosa y persistente. Un viento constante.
Un chirrido perturbador que lo envuelve todo. Una tormenta de provocación
que hace sucumbir los cimientos de cualquier idea preconcebida.
Daría la sensación que cada frase nos obliga, nos
exhorta, nos interpela acerca de las razones de tanto letargo vital,
de tamaño conformismo por lo ya dado.
“...Repliego mis brazos contra mi pecho, para que
molesten menos con su sombra, para que no se extiendan simulando
ser alas que nunca serán, por más que me lleven lejos...”
O mejor aún: “...andá sabiendo
también, que la vida no es por nadie ni para nadie. La vida
estalla en sí misma. No se inventó para vos, pero
en vos vive y aguarda...”
El desencanto domina la escena de este capítulo. Aunque lo
interesante son las razones de esa disconformidad. Navone no maldice
su suerte ni su destino. Tampoco el del mundo todo. No hace catarsis
con el lector. Expone, o mejor todavía, propone, interrogarse
sobre los asuntos que nos hacen sentir satisfechos, y plantea si
con eso alcanza, si con ello basta.
“...No puedo sonreír más con felicidad
de verano joven, sobre este crudo invierno devorador...”,
“...a mí me esquiva siempre la completud, y me persigue
el deseo (...) me evade el me alcanza y sobra, y nada me sobra ni
me alcanza...”, “...la vida me estalla en sangre cada
mañana, me acorrala el espanto...”
De repente, los decibeles de los gritos empiezan a disminuir. Ya
no hay un vozarrón en cada oído. Hay una voz más
paternal, si se quiere, más filosófica. Es el momento
de la reflexión más profunda. Los relatos ahora son
cuentos cuyos protagonistas se enfrentan a dilemas similares a los
del resto de la obra, solo que esta vez ya no se exacerban, ni se
frustran, ni se rebelan. En este caso, piensan, miran hacia adentro
en busca de alguna respuesta. El grito se transforma en puro mensaje:
“...siempre hay una mañana que puede cambiarlo todo...”
La última exhalación es en forma de susurro. Relatos
contados en clave de intimidad. Casi no se oyen, porque están
acompañados por la más maravillosa de las músicas:
el amor.
Flotan versos y melodías. “...Bautizo tus curvas
con nombres de gaviotas...”, “...mis dedos adivinan
tu textura, descifrando el braile de tu cuerpo...”, “...podría
respirarte eternamente...”, “...ante tu silencio soy
menos que una estaca en la arena de una inmensa playa abandonada...”
Igual, no hay que confundirse. Que Navone haya bajado la voz en
el crepúsculo de su trabajo de ningún modo significa
que ha dejado de gritar. Su vida es un rugido constante, una ebullición
de pasiones que explota en forma de manifestaciones artísticas,
ya sea cuando escribe, narra, diseña o produce audiovisuales.
Está en su naturaleza, en su genética espiritual,
en su elección de vida.
Hay quienes cuchichean en secreto, hablan para adentro, rezan en
silencio, piden permiso para elevar la voz. Y están los que
de vez en cuando necesitan respirarse de golpe todo el universo
para pegar 5Gritos de vida plena, de acá estoy y existo,
de me excedo y me gusta, de quiéranme, porque yo los necesito.
De éso trata este libro.
Gabriel Ramonet, en la ciudad de los escapandos, era el 24 de
julio de 2008