Quién sabe

tapa-espejos-rotos

Volver a libro

Me crucé conmigo una tarde como cualquier otra. Sin proponérmelo, más bien, esperando. Me crucé y de pronto ya no pude mirar atrás, porque ahí estaba, era yo el que se me había cruzado.
Qué viejo estaba, qué envejecido.
Tenía la cara tan seria, tan problemas de negocios, tan saldo.
Aquel bolso croto de los sueños, era ahora un maletín con facturas, papeles, boletas del banco. Mi deshilachada camisa, un traje a medida; mi ilusión… mi ilusión creo que era casi historia, o al menos parecía perdida.
Tuve que apurarme para no irme. Me costó verme. Había incorporado con los años, esa costumbre madura de mirar para otro lado que no fueran los ojos del que estaba mirando. Hablar como no viendo, como por si acaso.
Pero insistí, algo quedaba en mí de testarudez, de arrogancia, de insensato.
Algo todavía empujaba un poco, toda la nada que había venido juntando.
Y fue cruzarme con mis ojos, y mis ojos trajeron años. Trajeron días, amores, peleas. Trajeron algunas hazañas, muchas desilusiones, algunas pequeñas proezas. Trajeron sueños que creí perdidos, pero que en realidad estaban tapados, escondidos, abandonados. Sueños todo dolor de tan sueño, de soñarlos tanto.
Te invito un café, fue lo primero que me animé a decirme. ¡Un café!, tuve que repetir mientras miraba un reloj casi sin verlo, mientras giraba mi cuerpo como esperando a otro, mientras volvía a mis ojos, que sabía, me estaban esperando.
Y acepté a media lengua, y me senté casi sin tocar la silla, y con el mozo que fue y vino, con una llamada perdida, con una mina que justo estaba buena y sonreía, se fue alargando el silencio, que yo aproveché para irme mirando.
Como pasa… Como pasa todo… Como nos deja lo que pasa. Lo que pasa y lo que queda, que a veces pareciera ser exactamente al revés de lo que necesitamos. Como vamos entregándonos poco a poco, modificando los axiomas, los preceptos, los por si acaso. Como vamos conformándonos con un día para nosotros, algunas horas, algún rato. Como parece que a veces, terminamos convirtiéndonos justamente en eso que al principio tanto odiamos. ¿Cómo fue que nos fuimos convirtiendo en un gordo hombre serio de negocios, que a lo sumo, guarda un poco de tiempo para algún libro, de vez en cuando?
¿Cómo fue que me fueron ganando?
Sarcasmo.
Maquiavélico sarcasmo de la vida, pobre engranaje, poder de años.
Me quedé perdido en mi mirada, repasándome, cuando la tarde comenzó a repetirse de sorpresas.
La segunda fue que después del café, y como sin quererlo, empezaste con la cerveza. Una fría, en vaso frío. Y unos maníes.
La cerveza era en mí el vino de los místicos, la religión de los creyentes, el tótem de los indígenas. A sus pies, había cometido muchas brutalidades, pero también había despellejado la vida más de una noche, entre miedos pavorosos y agónicas premoniciones, de esto que quizás ahora me estaba pasando.
La cerveza me fue soltando, me fue acercando, me fue queriendo.
Fui mirándome con otros ojos, corriendo el velo. Fui acunándome con susurros no fue tan culpa tuya, tan toda culpa, tan toda tuya. Fue meciéndome con fue la vida, bruta perdida, fueron las cosas, fueron los años.
Y entonces, un gotón pesado, lágrima que contiene el tiempo, fue cayendo de mis ojos que lo vieron todo. Fue atravesando esta cara que se hizo dura, de ir aguantando. Fue llegando a esta boca que casi se olvida de sí al no encontrar otros labios.
Y lloré.
Lloré como nunca, casi en silencio.
Lloré a lo Girondo, con las vísceras, con el aire, con el cuerpo.
Lloré todas las muertes que fui viviendo para llegar a esto, todos los partos.
Lloré todos los abandonos, las horas huecas, las noches largas.
Lloré las horas solo, las tardes te fuiste, los sentar cabeza, los vamos al grano.
Lloré sin sollozo, como es un llorar demasiado dolor como para irse quejando.
No pude pedirme perdón, me conocía demasiado. Pero al menos me hice un par de promesas, promesas de borracho.
Al final me fui conmigo, abrazado para no caerme, para no soltarme.
Me fui despacio, desajustando el saco, maltratando el portafolio.
Me fui con la idea de reencontrarme más seguido, de cruzarme de nuevo conmigo en alguna esquina, porque quién sabe, quizás todavía, pese a todo, pese a tanto, pueda con mi ayuda, irme resucitando.

Volver a libro

Deja un comentario