Sin saber por qué

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Qué frío que hacía aquella mañana. Qué frío. Si las manos casi se me pegan al picaporte de la puerta, mientras la cerraba para ya no verte.
No quería verte.
Tu cara me representaba lo que no había sido, el derrumbe de lo soñado, la confirmación más patética de que había fracasado.
Tu cara…
Tu cara era un permanente rechazo a la vida. Cada músculo parecía conspirar contra su vecino, generando espacios en tu rostro, gestos vacíos, con sombras, gestos que señalan, que parecen marcar mis fallas.
Mirando tu cara uno no puede hacer otra cosa que sentirse responsable de sus rasgos. Algo habré hecho, pienso cada vez que me mirás, por algo será. Porque si no es así, y tu cara no es por mí, ¿Por qué me mirás así? ¿Por qué me apuntás con tus ojos dagas, tus miradas culpas, tus fuiste vos?
No lo sé, nunca lo supe. Pero intenté hacerlo muchas veces.
Al principio, con la emoción de los primeros tiempos, preguntándote.
Una y mil veces te hablaba, te decía ¿Qué te pasa? ¿Te pasa algo?, para que la única respuesta fuera un recrudecimiento de tus gestos jueces. Y entonces devanaba mi cerebro, desmenuzando lo vivido en los últimos días, para tratar de encontrar la falla.
Muchas veces hallaba algo. Había dejado caer un repasador limpio, hacía seis horas. O te había mencionado que el café estaba frío, la mañana anterior. O me había enojado con algo, y te lo había dicho. Decir nunca fue tu fuerte. Vos no necesitás decir. Vos no hablás.
Otras veces no encontraba nada, y después de horas, de volver a preguntarte, parecía como que ya había pasado. Aunque pensándolo un poco, nunca conocí bien esa expresión tuya. Nunca supe cuándo ya había pasado.
Y mirá que estoy atento, eh…
Conozco cada fino movimiento de tu rostro. Conozco que levantás la ceja izquierda cuando intuís que algo no es como lo oís, o que el otro miente. Levantás las dos si estás enojada, abriendo algo más tus pequeños ojos. Inmovilizás toda la epidermis de tu cara, cuando la bronca es grande, dejando que toda ella caiga en cascada a la tierra, como apuntando tu más baja amargura. Concentrás todos los gestos, mirada y mueca labial incluída, en un punto que está a unos quince centímetros de tu nariz, como si tu cara fuera absorbida por un embudo, cuando las lágrimas están por soltarse.
El único momento en que tus gestos se relajan, cobran vida soltándose, se liberan, y aún sin moverse demasiado, están cargados de vida, es cuando lo hacemos.
O cuando lo haces… Va… qué se yo. Nunca fui muy activo. Vos lo sabés: soy de los que dejan hacer. Lo mío no es la piel única. Yo vuelo. Cierro mis ojos y vuelo. Los abro sólo de vez en cuando. Y es ahí cuando te veo relajada, tan mujer, tan cara suelta, cara al aire, cara luz. Pero los cierro pronto. Nos sos esa la que veo siempre. No te conozco cuando estás así. Yo conozco la cara muerta. Esa cara sí la sé interpretar. La cara haciéndolo me asusta, no sé como traducirla. Porque es una cara tan fuerza que transmite energía al cuerpo, y parece como que vibrás por todos lados. Parecés más grande cuando estás ahí arriba, y yo no puedo sostener demasiado la mirada.
Pero aunque cierre los ojos te imagino, y te escucho. Escucho como suspirás, como parece que te quejás, o que disfrutás, o ¡qué se yo!… Pero hacés sonidos, y eso también es raro en vos. Parece que hablás.
Yo termino rápido, eso también lo sabés. Lo bueno si breve… E instantáneamente aparece tu cara muerta de nuevo, cara reproche, cara amarga, cara culpa. Y yo abro los ojos para reencontrarte, para recibirte, para bienvenirte con mi cara ¡has vuelto!
Vos te corrés como enojada, nunca conforme, no podés disfrutar de nada, no sabés volar.
Entonces te volvés a cubrir de rasgos vacíos, idos, embroncados. Volvés a ser toda vos, en cada gesto, cada mirada, cada reproche persistente. Volvés a tener esa cara sombra, y yo, seguiré sin saber por qué.

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