¡Y prendió la semilla!

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Cansados de esperar, y del mal manejo de la ginecóloga de Sil, decidimos cambiar y buscar otra mejor. Examinando la nueva cartilla de nuestra Pre-paga, encontramos a uno que había atendido a la mamá de Sil, mi suegra, y que la había dejado conforme. Sil asistió a consulta alrededor de Noviembre del 93, y rápidamente le solucionó algunos problemas virósicos que venían de vieja data, y que la doctora no había sabido curar, lo que en principio, lo mostraba como alguien capaz. Pero ante el planteo del porque de la demora de un embarazo, nos recomendó lo mismo, esperar al menos un año y medio, y después ver.

Cuando uno se encuentra con algo así, tan cerrado, tan rígido, tan de librito, y más en una ciencia como la medicina, que cambia día a día; cuando más allá de la ciencia uno no encuentra la contención necesaria en un profesional, que se supone, debería saber como manejar este tipo de situaciones; es cuando siente que se le cierran algunas puertas, y no sabe donde golpear.

¿Tanto costaba averiguar algo? ¿Tan fuera de la razón, era intentar hacerlo?

Molestos con la respuesta del nuevo doctor, pero sin querer agregar más leña al fuego, decidimos tranquilizarnos y aceptar lo que faltaba de espera. Las vacaciones, el verano, y la distancia algo más corta para cumplir el bendito “año y medio”, que contábamos desde el comienzo de la búsqueda en Noviembre del 92, nos mostraban un camino algo más accesible. Después de todo, muchos eran los que insistían permanentemente con el “ya se va a dar”, y uno, con un poco más de tranquilidad, y pasadas las primeras frustraciones, intentaba por todos los medios re-esperanzarse, si esto es posible (tanto la acción como la palabra).

Además, y como consecuencia de una Crio-cirugía realizada a Sil, durante Enero del 94 se nos impuso una abstinencia, que sumada a algunos cuidados que debía tener durante los primeros días de Febrero, fue posponiendo la búsqueda para después de marzo, y la pausa ayudo un poco. Bajamos los decibeles de la ansiedad, y recuperamos el entusiasmo en las relaciones, luego de la abstinencia.

Pero después del recreo, la regularidad de Sil seguía inalterable, y en Mayo del 94, acudimos juntos a ver al Ginecólogo, con la firme decisión de comenzar con los estudios, habiéndose cumplido el año y medio requerido (mes más, mes menos).

El doctor, que sin pretender ser demasiado premonitorio, no me causó una buena impresión desde el comienzo, (estaba más preocupado por su jopo que por nuestras preguntas) nos mandó algunos estudios. Tres a Sil y uno a mí, con lo que un abanico de posibilidades, se abría ante nosotros por primera vez en todo ese tiempo. Los estudios de Sil eran un Estudio Hormonal del ciclo menstrual; una Biopsia de Endometrio y un Estudio de compatibilidad Moco-Semen (para el que tuvimos que tener relaciones con día y hora específica, algo bastante molesto si no se toma con un poco de humor, y si no se prepara el terreno con alguna abstinencia voluntaria que ayude a olvidar los nervios).

Por mi parte, debía hacerme el nunca bien ponderado Espermograma, para el que después de una abstinencia de cuatro días, en este caso obligatoria, debía “sacar la muestra” y llevarla al centro (vivo en Vicente López) en menos de una hora. Si hay pocas cosas verdaderamente graciosas en todo esto, una es verme dentro de mi Renault 4, bastante viejo, con la muestra en su frasquito, debajo del suéter para que no pierda calor, atascado en Lugones, y contando los minutos.

Todos estos estudios se realizaron entre Mayo y Junio, y volvimos a la consulta, a principios de Julio. Este primer muestreo, nos deparó una enorme sorpresa. Parecía ser que el inconveniente estaba de mi lado. En el estudio de compatibilidad Moco-Semen, se veían pocos espermas, y el Espermograma confirmaba que efectivamente, si bien había una cantidad considerable de espermas Grado 3 (que son los que se mueven en línea recta y tienen mayor probabilidades de fecundación) esta era bastante más baja de lo habitual. Fue así, que el ginecólogo me derivó a una Andróloga, a la que fui presuroso a la semana siguiente.

Con ese resultado, y sin mayores averiguaciones, la doctora me recetó vitamina E, un mejorador de la circulación (Trental), y dos inyecciones de progesterona. (Años después vería que podrían haberse hecho algunos estudios complementarios que diagnostiquen el porque de la baja calidad, y que por lo menos hagan pensar en la aplicación de progesterona, la que no es tan inocua, sobre todo si hay problemas. La única seguridad que se tomo la Doctora, es la de preguntarme si tenía algún problema en la próstata, y cuando me animé a decirle que no sabía bien que era, no sólo me retó, sino que no me explicó bien, e igual me recetó la progesterona. “Si no sabe lo que es, no debe haber tenido problemas”. La ciencia avanza, el hombre no).

Con mis pastillas bajo el brazo, y un cuadro diario que me armé para no olvidar ninguna medicación, comenzamos un nuevo mes de esperanzas, de sueños. Rápidamente, las relaciones recobraron algo del brillo inicial, y pudimos desahogarnos, recuperando un espacio casi perdido, o por lo menos muy cambiado.

Pero además de esos análisis específicos, para fines de julio, me hice también el estudio de HIV. Era algo que tenía que ver con mi historia, y con la pesada carga que a veces me devolvía. La terrible enfermedad que se desprende de ese virus, y el temor que imparten las campañas, las publicidades, dificultaban una decisión que de por sí me costó muchísimo. Durante mucho tiempo, veía como un signo de irresponsabilidad muy grande, no realizarme el análisis al tiempo que buscaba un hijo. Como intentando solucionar todas las dificultades encontradas, entendiendo que quizás todas entorpecían, me decidí a hacerlo.

Esto que pude por ahora escribir en cinco renglones, es uno de esos misterios que a uno le toca vivir, y que no aceptan una verdad única como respuesta. Soy consiente de las dificultades vividas en la búsqueda, y de los problemas para la fecundación, problemas a los que con el tiempo, se le fueron agregando y descubriendo nuevas dificultades. Pero no puedo, por otro lado, dejar de resaltar la asombrosa casualidad (¿o debería decir causalidad?), que envuelven estas fechas. El análisis era algo importantísimo para mi, algo que venía postergando desde hacía mucho. No me animo a decir que tiene directa incidencia con la proximidad del embarazo logrado, pero si algo puedo pensar, es que para comenzar una búsqueda de tamañas proporciones, cuanto más esté uno tranquilo con uno mismo, y obviamente con su pareja, mejor.

El 2 de Agosto me dieron el resultado. Negativo.

Para festejar, nos hundimos en nuevas relaciones profundas, plenas, libres (ahora sí), de todo. Era tal la felicidad que sentía, tal el peso que sentía me había quitado de encima, que evidentemente, no puedo dejar de pensar que más allá de todo, esto influía.

Con las pastillas, el análisis, las soluciones planteadas.

Con la esperanza que sentíamos ahora renovada.

Con el deseo que recobraba fuerzas.

Con todas las ganas.

Así comenzamos esta nueva etapa en la búsqueda, convencidos de que una nueva posibilidad se presentaba.

El día tan buscado llegó, y fue el 25 de Agosto de 1994.

Y un par de tiritas azules, cerraban la historia de un año y medio, (para muchos corta, para nosotros suficientemente larga), y abría otra que sin saberlo, duraría otro tanto, y nos requeriría muchísimas más energías, fuerzas y ganas.

Después de dos días de ansiosoangustiosoesperanzadísimo retraso, compramos un test casero de embarazo, que Sil debía hacerse a la mañana siguiente. Esa noche casi no dormimos, y jugábamos con que si estaba o no. Yo había notado en Sil algo distinto en los últimos días. La veía plena, resplandeciente, literalmente llena de vida. Pero con las frustraciones pasadas, me cuidaba mucho de ilusionarme, y sobre todo de ilusionarla. Si bien nunca la había visto así, ya conocía lo doloroso de las “falsas alarmas”.

Apenas se cumplieron las horas de continencia de orina requeridas por el análisis, Sil llenó el recipiente de plástico, y yo mismo coloqué la tirita de reactivo, quedándome parado delante del frasquito un rato, para salir, y volver a entrar varias veces, antes de los cinco minutos sugeridos. La primera vez, exactamente a los treinta segundos.

Para el que nunca se hizo uno, es bueno decir que en la tira, aparecen dos líneas violáceas. Una (la superior) indica que el test se hizo correctamente, la otra (si sale, la inferior) indica que el embarazo es positivo.

La tira superior se comenzó a formar casi inmediatamente. Y debajo, pequeña al principio, algo más fuerte después, comenzó a aparecer la línea más esperada del mundo. De a poco, y con un color azulado, nos decía que sí, que el embarazo estaba, como siempre habíamos deseado que estuviera. Yo salí del baño medio temblando. Le dije a Sil que se fije, que a mi me parecía que sí, pero que no sabía, no se veía muy bien.

Ella entró y me dijo que para ella sí, era positivo. Y entonces comencé a temblar, a acelerarme como nunca antes. Yo seguía dudando, la tira no tenía la calidad de la otra. Y tanta fue mi insistencia que, al no aparecer definidamente, ella también comenzó a decir que por ahí no había dado bien. Lo dejamos más de diez minutos, en los que fui a mirar la tirita unas dos mil veces. Y era entrar y “-Sí, ¡para mi sí!”. Y era repetir la mirada y “- No se, ¿no se ve muy bien no?”. Para agregar otro elemento de duda, la marca que habíamos comprado no era de las más publicitadas, y esto nos hacía pensar en su calidad.

Estuvimos así un rato, y decidimos comprar otro, “el bueno”.

A la tarde Sil se fue a trabajar, y yo me quedé en casa absolutamente imposibilitado para hacer nada y con la caja del nuevo análisis en mis manos. Este venía con unas instrucciones más detalladas, en las que aseguraba que:

· Aunque se vea la línea de un color suave, esto indica que es positivo; y mostraba tres colores posibles.

· Que el resultado positivo es siempre positivo, y que el 1% de error, es para cuando un negativo, puede llegar a ser un positivo con poca cantidad de hormona.

· Que ante cualquier duda, nos comunicáramos con la línea gratuita que ofrecían en las instrucciones, lo que hice después de un buen rato, el que me llevó animarme a llamar y realizar una pregunta que suponía, debería ser “cosa de mujeres”.

Con una voz amable, y quizás más acostumbrada de lo que yo suponía a este tipo de planteos masculinos, la señorita de la línea ratificó lo que decía la cartilla. La absoluta certeza de la línea sin importar su color, y el 100% de exactitud en caso de ser positivo.

Cumplimentado esto, la única posibilidad que quedaba, era que al ser otra marca, se manejara distinto, lo que por otro lado no era tan así, dado que en las escuetas informaciones del primer test, se decían más o menos las mismas cosas.

Con todas estas novedades esperé más que ansiosaenloquecidamente a Sil, la que según habíamos convenido, no orinaría durante la tarde, para que apenas llegue, pudiésemos repetir el análisis.

Tamañas fueron mi sorpresa y mi bronca cuando al llegar ella, y contarle todo lo averiguado, al proponerle que hiciéramos el nuevo test, ella, con su mejor cara de nena diciendo “yo no fui”, me dice:

-A las cuatro y media no aguanté y me fui a orinar.

-¡¡Qué!!

Después de algunos “y porque no aguantaste un poco”, que ahora me hacen reír hasta las lágrimas, nos calmamos con unos mates (en los que seguíamos estudiando las posibilidades) y decidimos esperar hasta las 20.30hs, en el que se cumplían las tres horas de espera.

Con el corazón en un hilo, pasé la tarde pensando y repensando, medio volado.

Con el corazón en un hilo, escuché cuando Sil me propuso adelantarlo algunos minutos porque “ya no aguanto”.

Con el corazón en algo menos que un hilo, coloqué el reactivo en el recipiente, y me quedé parado delante de él, viendo como se formaba la primer tirita, y como algo más suave al principio, clara y contundente después, aparecía la segunda, la que nos elevaba al cielo, la que confirmaba que los sueños pueden hacerse realidad. La que prometía un paraíso tan deseado como pronto, a tan sólo algunos meses, nueve meses, casi la mitad de los vividos, y mil veces más buscados.

Nos abrazamos, nos besamos, y tanto ella como yo, no podíamos creerlo.

-¿Estas embarazada? ¿En serio? – repetía yo, como si no hubiese sido testigo ni del análisis ni de la búsqueda.

Pensamos en festejar comprando una pizza, y tanto en el camino, como en la espera, yo no podía dejar de mirarla, de pensar, de preguntarle:

– Pero entonces ¿dio positivo?. No puede ser que de mal ¿no? Si la mina dijo que es el 100%, es así ¿no? ¡¿Estás embarazada?!.

Me balanceaba contra la pared de la pizzería, y no podía dejar de pensarlo, de sentirlo, de imaginarlo.

-¡Estas embarazada….!

-¿Estas embarazada?

-¿Ya está?

Desgraciadamente, aunque todavía no lo sabía,

no sólo no estaba,

sino que faltaba mucho más…

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